martes, 30 de junio de 2009

SONIDOS Y COLORES DEL SILENCIO



De Ligia Minaya
Denver, Colorado.

El silencio es bueno cuando no es impuesto. Es la peor de las torturas. No poder hablar, decir lo que se siente, es como estar muerto.

Tengo la convicción de que Dios al crear el universo lo hizo en el más completo y puro silencio. Porque en silencio nacen las más bellas ideas, se realizan los más avanzados inventos, se descubren las más eficientes medicinas, se crea la más hermosa literatura, la música más exquisita, en fin, todo lo bueno y bello de la vida nace y crece en silencio. Si no, veamos a nuestro alrededor cómo florecen las plantas, cómo fructifican los árboles, cómo nace y muere el día. Antes de que se creara el sonido del agua, el canto de los pájaros, el arrullo del viento, sólo había silencio. Si se crearon sonidos, es para que el ser humano los escuchara, y para oír es preciso callar. Si crearon colores es para que los apreciáramos con la mirada y para mirar no es preciso hablar. Sonidos y colores tuvieron, desde la eternidad más profunda como telón de fondo el más absoluto silencio.

Imaginemos a los primeros hombres y mujeres asombrados ante el nacimiento de un nuevo día que les permitía iniciar las labores de cazar y cosechar, y la noche que con sus sombras les daba la oportunidad de descansar. Luego vino la palabra, la divina palabra, y es posible que la aprendieran imitando los sonidos de la Naturaleza. Una voz para comunicarse, una voz para entenderse y junto a esa voz, la libertad para emplearla a nuestra mejor conveniencia. Pero la usamos mal, y ahí vino el problema. Hablamos para acusarnos, para insultarnos y gritamos, y nos desgañitamos para imponernos, cuando lo podemos hacer sin alterarnos y en el mejor de los casos acudiendo al silencio. Desde que aprendemos a hablar, decir mamá, papá, tenemos el poder que nos da la palabra. Un poder con el que podemos legar y hacer lo que queremos.

Los que aman el silencio conocen el valor de la palabra y la atesoran para usarla en el momento preciso, con la debida eficacia. Los ruidosos temen al silencio por miedo a escuchar la voz de su conciencia. Si Dios, o quién sea, o como sea que se creó el mundo, en un principio tuvo el silencio entre sus manos, y con él creó el silencio clamoroso de las aguas, el sonido acariciante de los bosques, el canto de las aves y el rugido de las fieras, ahora debe estar arrepentido de haberles dado la voz y la palabra a los hombres y mujeres que hoy poblamos este mundo. ¡Cuánto escándalo! ¡Cuántos gritos! ¡Cuánta guerra! Con tanto ruido no nos escuchamos los unos a los otros.

Entiendo que el silencio es bueno cuando no es impuesto. Con ese no se puede ver, ni escuchar nada, ni a nadie. Es la peor de la torturas. No poder hablar, decir lo que se siente, es como estar muerto. Ni la música sirve, ni se entiende la naturaleza, ni se escucha el canto de las aves. Nada sirve, nada tiene valor, nada importa. El poder de la palabra se encadena. La vida se pierde. Pero, si le diéramos el justo sentido a la palabra y el silencio sólo fuera para escuchar y ver lo hermoso, quizás la vida sería otra, muy distinta, y más generosa con nosotros.

Foto: Jorge San Pedro
DIARIO LIBRE. COM. Saudales. 27 junio 2009.

No hay comentarios:

Publicar un comentario