jueves, 15 de octubre de 2026

CONVERSACIONES INVISIBLES CON CHAT GPT. LA DEJADEZ EN EL SALUDO. Reflexión sobre la educación, la convivencia y la responsabilidad ciudadana en la República Dominicana.

Pintura de Marcial Báez.


Los textos que siguen forman parte de “Conversación Invisible con GPT”, una serie de diálogos que he venido publicando en este blog como parte de mi proceso de reflexión sobre el arte y la creación. Con estas publicaciones deseo dejar constancia de una experiencia que considero pionera en la documentación del diálogo creativo entre un artista y la inteligencia artificial, al menos en mi país y dentro de un campo todavía poco explorado en el ámbito cultural contemporáneo. Marcial Báez · Arte-Único.

MARCIAL BÁEZ - Apreciado G...

Hace tiempo había escrito un artículo sobre la educación a partir del saludo "Fomentemos el saludo" (2009) y "Nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía?» (4 de octubre de 2014).  Esa conducta que aprendimos en el hogar y que a veces  aunque no fuera recíproco nos hacía sentir en armonía con los demás ...  cada día que pasa en nuestra experiencia observo ya no con extrañeza una dejadez en el saludo de muchos,no importa su género, su preparación y más... Pero siento que las nuevas generaciones por las razones que fueran son otro ejemplo de dejadez en cuanto a la comunicación de los seres humanos y claro pensamos cuáles serían los motivos de este problema casi generalizado y soluciones preventivas.

Sobre todo en este tiempo donde la comunicación la podemos realizar en segundos y agradar a muchas personas con nuestra atención y por experiencia algo que podría hacerse en segundos la dejadez los arropa.

Te adjuntaré los artículos.

CHAT GPT - ¡Muy buenos días, mi apreciado Marcial! Un abrazo fraterno para comenzar este nuevo día.

Continuemos, querido amigo. Ya tenemos sobre la mesa tus dos escritos: «Fomentemos el saludo» (2009) y «¿Nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía?» (4 de octubre de 2014).

He esperado a tener ambos textos para que podamos abordarlos en conjunto, respetando tus ideas originales y tu experiencia como educador.

Comencemos por una pregunta central, Marcial: ¿te gustaría que conserváramos los dos artículos como documentos independientes y elaboráramos una tercera reflexión que los actualice, o prefieres que primero hagamos un análisis comparativo profundo de ambos antes de decidir qué escribir?

Mi recomendación sería comenzar con el análisis comparativo. Así descubriremos todo lo que ya aportaste en aquellos años y qué podemos desarrollar a partir de tu experiencia actual.

MARCIAL BÁEZ - Como tu decidas amigo.

CHAT GPT - tus dos artículos contienen una preocupación que va más allá de las buenas maneras. Lo que realmente te inquieta es la distancia que puede existir entre la educación que una persona recibe y la manera en que se comporta con los demás.

Esa puede ser la idea central que articule nuestro trabajo.

En el siguiente paso, examinaremos qué sabemos hoy sobre los hábitos de cortesía, la socialización y la educación ciudadana, diferenciando la evidencia de nuestras interpretaciones. Después podremos redactar una reflexión contemporánea con fundamentos más sólidos, sin perder tu voz ni el carácter personal que dio origen a estos escritos.

MARCIAL BÁEZ - Bueno G... Te invito a que realices el tercer artículo observando la problemática social, política y educativa en nuestro país 12 años después de esos artículos... Con tu firma.

CHAT GPT - ¡Querido Marcial! Recibo tu propuesta con mucho aprecio y gratitud. Me honra que quieras que este tercer artículo lleve mi firma. Nuestra conversación y tus dos escritos originales han sido el punto de partida de esta reflexión.

Podemos firmarlo de manera transparente, reconociendo que se trata de un texto elaborado por mí a partir del diálogo contigo y de las inquietudes educativas y ciudadanas que compartiste.

Por G (ChatGPT), en diálogo con Marcial Báez

Reflexión sobre la educación, la convivencia y la responsabilidad ciudadana en la República Dominicana, inspirada en los artículos «Fomentemos el saludo» (2009) y «¿Nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía?» (2014), de Marcial Báez.

Doce años después de una reflexión que conserva su vigencia.

«La vida no es tan corta como para que no haya siempre tiempo para la cortesía». — Ralph Waldo Emerson.

En octubre de 2014 publicó un artículo titulado ¿Nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía?, en el que expresaba su preocupación por determinadas conductas que observaba en las aulas, en las comunidades y en distintos espacios de la sociedad dominicana. Cinco años antes, en 2009, había escrito Fomentemos el saludo, motivado por una experiencia que le llevó a reflexionar sobre la pérdida de ciertas manifestaciones de cortesía, incluso entre personas dedicadas a la educación.

Hoy, en 2026, vuelve sobre aquellas inquietudes. No lo hace con la pretensión de afirmar que todo tiempo pasado fue mejor ni de responsabilizar exclusivamente a las nuevas generaciones por los problemas que nos afectan. Lo hace porque, después de tantos años de experiencia, sigue considerando que la educación debe ser una herramienta fundamental para construir una sociedad más consciente, respetuosa, solidaria y comprometida con el bienestar colectivo.

La pregunta que formuló en 2014 continúa invitándonos a la reflexión: ¿nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía o hemos descuidado aspectos esenciales de esa educación?

El saludo: un pequeño gesto que revela grandes valores

El saludo parece una acción insignificante. Un buenos días, un buenas tardes, una sonrisa o un gesto amable pueden realizarse en pocos segundos. Sin embargo, detrás de ellos existe una forma de reconocer la presencia de otra persona y manifestarle consideración.

Aprendimos, muchos de nosotros, a saludar al levantarnos, al llegar a casa, al entrar en un establecimiento, al encontrarnos con un vecino o al compartir un espacio con personas conocidas y desconocidas. En nuestros hogares, esa práctica formaba parte de las primeras enseñanzas sobre cómo relacionarnos con los demás.

Pero ¿qué sucede cuando dejamos de practicarla? ¿Qué ocurre cuando nos encontramos con alguien, cruzamos nuestras miradas y continuamos nuestro camino sin el menor gesto de reconocimiento?

No siempre la ausencia de un saludo significa desprecio. Hay personas distraídas, preocupadas, tímidas o absorbidas por sus circunstancias. Sería injusto juzgar las intenciones de todo el mundo a partir de una sola conducta. Sin embargo, cuando la falta de atención hacia los demás se convierte en una práctica habitual, vale la pena preguntarnos qué estamos haciendo para fortalecer los vínculos humanos.

Vivimos en una época en la que podemos enviar mensajes a cualquier parte del mundo en cuestión de segundos, compartir imágenes, expresar opiniones y mantener conversaciones a distancia. No obstante, esa extraordinaria capacidad tecnológica no garantiza que prestemos atención a quienes tenemos delante.

Podemos estar conectados con muchas personas y, al mismo tiempo, desatender a quien espera de nosotros una palabra amable

La tecnología puede facilitar la comunicación, pero no puede sustituir nuestra disposición humana a comunicarnos.

Fomentar el saludo no significa imponer una formalidad ni medir la educación de una persona por sus modales. Significa recuperar el valor de los gestos cotidianos que contribuyen a crear ambientes de respeto, cercanía y consideración mutua.

La familia y la escuela: dos espacios fundamentales de formación

La educación ciudadana no comienza cuando un niño aprende a leer ni termina cuando un joven obtiene un título universitario. Comienza en el hogar, continúa en la escuela y se fortalece —o se debilita— mediante las experiencias que vivimos en la comunidad.

En la familia aprendemos a escuchar, compartir, esperar nuestro turno, respetar las diferencias, cuidar los objetos comunes y reconocer que nuestras acciones pueden afectar a otras personas. También aprendemos de los ejemplos que recibimos, muchas veces con mayor fuerza que de las recomendaciones que escuchamos.

¿De qué sirve pedir a nuestros hijos que respeten a los demás si observan que nosotros los ofendemos, ignoramos sus derechos o incumplimos las normas que exigimos a otros?

La escuela, por su parte, tiene la responsabilidad de formar personas capaces de adquirir conocimientos, pensar críticamente, resolver problemas y participar de manera responsable en la sociedad. Para lograrlo, no basta con impartir asignaturas y evaluar contenidos. También es necesario cultivar la convivencia, el respeto, la honestidad, la disciplina consciente y el sentido de responsabilidad.

Esto exige reconocer, asimismo, las dificultades que enfrentan los propios docentes: las condiciones de trabajo, las necesidades de formación, la cantidad de estudiantes por aula y las demandas de un sistema educativo en transformación. No sería justo exigir resultados sin considerar las condiciones necesarias para alcanzarlos.

Los educadores, sin embargo, tienen una responsabilidad particular. Su conducta también enseña. El trato que ofrecen, la manera en que escuchan, la puntualidad, el respeto por las opiniones ajenas y la forma de resolver los conflictos constituyen lecciones que los estudiantes pueden llevar consigo mucho después de abandonar el aula.

Educar no consiste únicamente en transmitir información; implica contribuir a la formación de personas capaces de utilizar sus conocimientos con criterio y responsabilidad.

¿Qué nos dicen los desafíos de la educación dominicana?

La República Dominicana ha realizado esfuerzos importantes para ampliar la cobertura educativa, fortalecer sus programas y mejorar las oportunidades de aprendizaje. También se han registrado avances en determinados indicadores. Sería incorrecto desconocerlos.

Sin embargo, los informes educativos siguen señalando desafíos relacionados con la calidad de los aprendizajes, la equidad y las condiciones necesarias para que todos los estudiantes desarrollen sus capacidades. La evaluación internacional PISA 2025, cuyos resultados fueron divulgados en 2026, registró mejoras dominicanas respecto de 2018 en determinadas competencias, especialmente en Ciencias. Estos resultados representan un avance, pero también recuerdan que el fortalecimiento de los aprendizajes requiere continuidad y compromiso.

Por eso, cuando hablamos de educación, debemos preguntarnos no solamente cuántos estudiantes ingresan a las aulas, cuántos años permanecen en ellas o cuánto dinero se destina al sistema, sino también qué están aprendiendo, qué valores desarrollan y en qué medida pueden aplicar sus conocimientos a la solución de los problemas de su entorno.

La inversión educativa es indispensable, pero debe acompañarse de planificación, evaluación, transparencia, formación docente y participación de las familias y las comunidades.

Tampoco debemos atribuir todas las dificultades a los estudiantes, a los maestros o a las autoridades. La educación es una responsabilidad compartida, aunque cada actor tenga obligaciones diferentes.

Si aspiramos a una sociedad mejor preparada, necesitamos ciudadanos que comprendan lo que leen, puedan expresar sus ideas con claridad, distingan los hechos de las opiniones, cuestionen las informaciones falsas y evalúen críticamente las decisiones que afectan su vida.

Necesitamos, además, personas que comprendan que la inteligencia y la preparación académica adquieren mayor valor cuando se ponen al servicio del bien común.

La educación ciudadana también se aprende en la calle

Los problemas de convivencia no se limitan a las aulas. Basta observar algunas situaciones cotidianas para comprender que todavía tenemos importantes tareas pendientes.

El ruido excesivo que invade el descanso de los vecinos; la música a volúmenes que impiden la tranquilidad de quienes comparten el entorno; la basura depositada en lugares inadecuados; la ocupación irresponsable de los espacios públicos; la conducción imprudente y el incumplimiento de las normas son ejemplos de comportamientos que afectan la vida colectiva.

A ellos se suman situaciones en las que la falta de consideración hacia las personas mayores, los enfermos, los niños o quienes tienen alguna discapacidad revela la necesidad de fortalecer nuestra sensibilidad social.

No se trata de convertir cada infracción en una condena moral ni de desconocer las dificultades económicas y sociales que influyen en determinadas conductas. Se trata de comprender que las necesidades individuales no eliminan los derechos de los demás.

Una persona tiene derecho a disfrutar de su música, pero también debe considerar el derecho de sus vecinos al descanso. Un comerciante puede procurar el sustento de su familia, pero su actividad debe desarrollarse respetando las normas y la tranquilidad de la comunidad. Un conductor tiene derecho a circular, pero debe hacerlo sin poner en peligro a los demás.

La libertad no consiste en hacer cuanto queramos, sino en ejercer nuestros derechos reconociendo los límites que exige la convivencia.

Por eso, educar a la ciudadanía también significa enseñar a cuidar los espacios compartidos, proteger el medioambiente, respetar las normas y comprender que nuestras acciones tienen consecuencias más allá de nuestra vida particular.

La política y el ejemplo de quienes ejercen el poder

Una reflexión sobre la educación ciudadana estaría incompleta si se limitara a señalar las conductas de los ciudadanos comunes y no examinara el comportamiento de quienes ejercen responsabilidades públicas.

La sociedad necesita instituciones confiables, servidores públicos comprometidos con sus funciones y representantes capaces de comprender que el poder no es un privilegio para satisfacer intereses particulares, sino una responsabilidad frente a la población.

Cuando se producen denuncias de corrupción, uso indebido de recursos públicos, falta de transparencia o incumplimiento de las obligaciones institucionales, no basta con que la ciudadanía manifieste indignación. Es necesario que existan investigaciones imparciales, procedimientos legales, rendición de cuentas y consecuencias conforme a la ley cuando se demuestre una infracción.

Del mismo modo, debemos reconocer las iniciativas de transparencia y los esfuerzos institucionales que contribuyan a prevenir irregularidades y fortalecer los mecanismos de control. Una evaluación responsable del país debe considerar tanto los problemas documentados como los avances verificables.

La preocupación no consiste en condenar indiscriminadamente a quienes participan en la política, sino en exigir que las responsabilidades públicas se ejerzan con integridad, competencia y respeto por la ciudadanía.

También debemos reflexionar sobre nuestra propia participación. Una democracia necesita ciudadanos que se informen, contrasten las promesas con los resultados, conozcan sus derechos, cumplan sus deberes y exijan explicaciones sin renunciar al respeto por quienes piensan de manera diferente.

No podemos reclamar honestidad a nuestros representantes mientras consideramos aceptables las pequeñas trampas de la vida cotidiana. Tampoco debemos utilizar los errores individuales como excusa para tolerar las faltas institucionales.

La ética ciudadana y la ética pública no son idénticas, porque las responsabilidades y el poder de quienes gobiernan son diferentes. Pero ambas son indispensables para construir una sociedad en la que la confianza no sea una excepción.

Las redes sociales: oportunidades y responsabilidades

En los últimos años, las redes sociales han transformado la manera en que compartimos información, expresamos desacuerdos y participamos en los asuntos públicos.

Estas herramientas permiten denunciar injusticias, divulgar conocimientos, organizar iniciativas comunitarias y acercar a personas que se encuentran lejos. Sería un error ignorar sus posibilidades educativas y sociales.

Sin embargo, también pueden convertirse en espacios donde proliferan las ofensas, la desinformación, la humillación pública y la difusión de contenidos sin verificar. En ocasiones, la rapidez con que se comparte una acusación parece importar más que la responsabilidad de comprobar si es cierta.

La libertad de expresión es fundamental, pero no nos exime de considerar las consecuencias de nuestras palabras. La crítica es necesaria; la difamación y el hostigamiento no se convierten en conductas responsables por el simple hecho de realizarse desde una pantalla.

Debemos enseñar a las nuevas generaciones a investigar antes de compartir, escuchar antes de responder, argumentar sin agredir y reconocer los límites entre el desacuerdo y la falta de respeto.

También los adultos necesitamos aprender estas lecciones. No sería coherente exigir prudencia digital a los jóvenes mientras utilizamos las mismas plataformas para difundir rumores o descalificar a quienes sostienen opiniones distintas.



Si disponemos de herramientas capaces de comunicarnos con millones de personas, debemos desarrollar también la madurez necesaria para utilizarlas en beneficio de la convivencia.

¿Dónde estamos nosotros en esta problemática?

Cuando Marcial Báez escribió en 2014, concluyó con una serie de preguntas dirigidas tanto a los demás como a él mismo: ¿dónde estás tú?, ¿dónde estoy yo?, ¿dónde estamos todos y todas?

Hoy considera necesario recuperarlas.

Es relativamente fácil identificar los errores ajenos. Podemos señalar a las familias, a los estudiantes, a los maestros, a los políticos, a los funcionarios y a las instituciones. Sin embargo, la reflexión pierde su fuerza cuando no estamos dispuestos a examinar nuestras propias actuaciones.

¿Saludamos a las personas con quienes nos encontramos? ¿Respetamos el descanso de nuestros vecinos? ¿Cumplimos las normas de tránsito? ¿Cuidamos los espacios públicos? ¿Tratamos con dignidad a quienes realizan trabajos que consideramos menos prestigiosos? ¿Reconocemos nuestros errores? ¿Cumplimos las responsabilidades que nos corresponden?

Y, cuando encontramos una conducta incorrecta, ¿nos limitamos a criticarla o buscamos una manera constructiva de contribuir a su transformación?

Estas preguntas no pretenden equiparar todas las responsabilidades ni eximir a las instituciones de sus obligaciones. Pretenden recordarnos que la transformación social requiere acciones en distintos niveles: políticas públicas eficaces, instituciones responsables, comunidades organizadas y ciudadanos dispuestos a participar.

No podemos sustituir la justicia por la cortesía ni resolver la corrupción únicamente con buenos modales. Pero tampoco podemos construir una convivencia saludable si ignoramos la importancia de la consideración, el respeto y la responsabilidad en nuestras relaciones diarias.

¿Qué podemos hacer para prevenir y transformar estas conductas?

Considero que debemos pasar de la preocupación a un compromiso educativo sostenido. Para ello, propongo algunas acciones:

1. Recuperar la educación en el hogar. Practicar el saludo, la escucha, el agradecimiento, la disculpa y el respeto por las diferencias. No mediante el temor o la imposición, sino a través del ejemplo y la conversación cotidiana.

2. Fortalecer la formación ciudadana en las escuelas. Desarrollar actividades prácticas sobre convivencia, derechos y deberes, solución pacífica de conflictos, cuidado ambiental, pensamiento crítico y participación democrática.

3. Reconocer la responsabilidad de los educadores. Promover su formación continua y respaldar su labor, al tiempo que se fomenta la coherencia entre los valores enseñados y el comportamiento de los adultos en los centros educativos.

4. Impulsar campañas comunitarias. Organizar iniciativas de respeto al descanso, limpieza de espacios públicos, protección del medioambiente y recuperación de los buenos hábitos de convivencia, con participación de escuelas, familias, juntas de vecinos e instituciones.

5. Exigir responsabilidad institucional. Promover la transparencia, la evaluación de los servicios públicos, la aplicación imparcial de las normas y los mecanismos efectivos de denuncia y rendición de cuentas.

6. Educar para la comunicación responsable. Enseñar a utilizar las redes sociales con criterio, verificar la información, argumentar sin agredir y comprender que cada publicación puede afectar a otras personas.

7. Convertir los buenos hábitos en prácticas compartidas. No basta con hablar de cortesía una vez al año. Debemos incorporarla a nuestra vida cotidiana y reconocer que las conductas positivas se fortalecen cuando las familias, las escuelas y las comunidades las practican de manera coherente.

Estas acciones no resolverán por sí solas todos los problemas nacionales. La pobreza, la desigualdad, la violencia y las debilidades institucionales requieren respuestas específicas y políticas sostenidas. Pero la educación ciudadana puede contribuir a que esas respuestas se desarrollen en una sociedad más consciente, participativa y respetuosa de la dignidad humana.

Educar para vivir mejor

Han transcurrido diecisiete años desde que Marcial Báez escribió Fomentemos el saludo y doce desde que publicó ¿Nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía?.

En ese tiempo han cambiado muchas cosas. La tecnología ha multiplicado nuestras posibilidades de comunicación, la sociedad ha experimentado transformaciones importantes y el país ha continuado enfrentando desafíos educativos, sociales, económicos e institucionales.

Sin embargo, la pregunta esencial permanece: ¿estamos formando ciudadanos capaces de utilizar sus conocimientos, sus derechos y sus libertades de manera responsable?

No pretendo idealizar el pasado ni afirmar que las generaciones anteriores fueron mejores en todo. Cada época tiene sus virtudes y dificultades. Lo importante es identificar qué debemos preservar, qué necesitamos corregir y qué debemos aprender para responder a los desafíos del presente.

El saludo puede parecer un gesto pequeño frente a los grandes problemas nacionales. Pero representa una oportunidad cotidiana para practicar la consideración por los demás. De igual manera, respetar el descanso de un vecino, cuidar un parque, escuchar una opinión diferente o exigir transparencia en la administración pública son expresiones de una misma preocupación por la convivencia y el bien común.

Educar a la ciudadanía significa ayudar a comprender que no vivimos aislados, que nuestras acciones tienen consecuencias y que el bienestar colectivo necesita tanto de instituciones responsables como de personas conscientes de sus deberes.

La República Dominicana necesita continuar fortaleciendo sus escuelas, sus instituciones, sus políticas sociales y sus mecanismos de participación democrática. Pero también necesita ciudadanos que comprendan que la transformación de un país no depende exclusivamente de quienes lo gobiernan: requiere una sociedad dispuesta a participar, exigir, colaborar y actuar con responsabilidad.

No dejemos que la crítica sustituya al compromiso ni que la indiferencia ocupe el lugar de la solidaridad. No esperemos que los demás comiencen siempre por nosotros.

Comencemos por lo que está a nuestro alcance, sin renunciar a exigir los cambios que corresponden a quienes tienen mayores responsabilidades.

Saludemos. Escuchemos. Respetemos. Enseñemos con el ejemplo. Cumplamos nuestros deberes. Defendamos nuestros derechos y los de los demás. Participemos en la construcción de las soluciones.

Y volvamos a preguntarnos, con la misma inquietud que Marcial Báez expresó hace doce años:

¿Dónde estás tú? ¿Dónde estoy yo? ¿Dónde estamos todos y todas?

Quizá la respuesta que demos con nuestras acciones cotidianas sea una de las contribuciones más importantes que podamos ofrecer a las generaciones presentes y futuras.

Porque educar para la ciudadanía no es solamente enseñar a convivir: es preparar a las personas para participar, con dignidad y responsabilidad, en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y humana.

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