(A José Antonio García (Freddy) / 12 de julio
2026)
El sueño de mi madre
o la señal que descifra un mensaje temprano,
un aviso desgarrador,
una verdad que no retorna y paraliza todo,
es la hora… cuando quiera muero.
Un asombro viralizado,
una tristeza, una multitud desencajada,
Era preciso escribir,
visualizarte en este rosario de palabras,
cada misterio una pregunta,
cada pregunta una enseñanza,
palabras sentidas,
palabras que son lágrimas,
una sensación de vacío nos oprime,
un dolor intenso nos abrasa,
por aquí, por allá hay un clamor: ¡Cuánta
falta!
Era preciso escribir
los versos para tu recuerdo
en la humildad,
en la entrega,
en la responsabilidad,
en la empatía,
en la innovación,
en la educación,
en el liderazgo que cuestionaba
por una mejor nación,
Era preciso escribir
estás sentidas palabras,
recordarte en las buenas y en las malas,
de acuerdo contigo o no,
cuando me pedias “Cabo”,
amarrarte los cordones de tu zapato,
escucharte decirle a muchos él es mi Marci,
preguntar a Carina a mi lado dónde está
Marcial, que no lo veo...
o un día antes en la última reunión
exclamar ante todos
de manera jocosa… ¡Llegaste tarde!
era esa muestra de cariño
que no entendía
hasta que tú partida nos llegó al alma.
Queridos
hermanos y hermanas, familia García Ramírez, amigos todos que acompañan a
nuestro querido Freddy en esta misa final de su novenario.
Nos
reunimos en este XVI Domingo del Tiempo Ordinario, y la Palabra de Dios parece
haber sido escrita precisamente para este momento, para ayudarnos a comprender
la vida y el legado de un hombre como Freddy García.
El
Evangelio nos presenta la parábola del trigo y la cizaña. Jesús nos enseña la paciencia
de Dios, que nos invita a no precipitarnos en juicios rápidos ni en arrancar con
desesperación lo que nos parece malo. Freddy, hombre de pensamiento analítico,
cuestionador y profundo, sabía bien que, como él mismo decía, «todo es perfectible».
Él no se conformaba con la superficie; revisaba, cuestionaba y trabajaba
incansablemente por mejorar su entorno, tanto en las aulas del Politécnico
Loyola
como en sus luchas sociales y políticas por una San Cristóbal más justa.
Freddy
no fue un hombre que buscara lo espectacular. Como nos recuerda la lectura del
Libro de la Sabiduría, Dios juzga con moderación y nos gobierna con indulgencia,
enseñándonos que el justo debe ser humano. Esa fue la esencia de su vida. Él
mismo, con esa sencillez que lo caracterizaba, cuando se le preguntaba cómo
quería ser recordado, respondía con una palabra que le regaló su gente: "murió
el líder". Pero no era un liderazgo de poder, era el liderazgo de los
pobres, de los que no tienen nada y han sufrido la injusticia, de los jóvenes
deseosos de empleo y de los luchadores ambientales (Julio Pernús, Articulo en
Listín Diario, 21/7/2024).
Freddy
fue un hombre que puso a Cristo en el centro de sus obras, alimentado por referentes
que le enseñaron a no amilanarse ante el poder, como el Padre Antonio “Ton”
Lluberes, su mentor, y el Padre Rogelio Cruz, con quien compartió la defensa de
los más necesitados. Él, que nació en Cambita y creció en la Colonia, aprendió desde
niño el valor de lo pequeño, comprendiendo que cuando pocos defendían a los
pobres o a la naturaleza, él debía dar el paso al frente.
Hacer
bien en orar por un amigo es un acto de fe. Como dice san Pablo en la carta a
los Romanos, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, intercediendo pornosotros
con gemidos inefables cuando no sabemos pedir como conviene. Hoy, nuestra
oración es un abrazo para Josefa, su compañera de vida por 41 años, para Anthony,
Aldry y Alfry, sus hijos que heredaron su vocación docente, y para sus nietos,
en quienes Freddy encontraba la plenitud de su historia y por quienes, decía él,
decidía dar el todo por el todo.
Pero,
hermanos, esta misa no es solo un adiós. Es un desafío. Freddy nos deja una hoja
de ruta, una misión clara: «Hay que hacer lo que se dijo que hay que hacer».
Él
no solo creyó en principios; los hizo fermento de sociedad. Luchó por la transparencia,
por una educación basada en competencias, por la protección de la niñez
vulnerada en el Reformatorio y por la dignidad de cada rincón de San Cristóbal,
desde las aulas hasta los barrios como Jeringa.
El
desafío que el líder nos lanza hoy es seguir sembrando ese trigo de justicia y esperanza.
No nos dejemos abatir por el desánimo. Al estilo de Jesús, él vivió como un
fermento: callado, constante, caminando seguro entre su gente, porque sabía que
cuando alguien preguntaba por él, la respuesta siempre era: No se preocupe, el
líder vuelve mañana, es uno de los nuestros.
Hoy,
al encomendar a Freddy a la misericordia del Padre y al amparo de la Virgen de
la Altagracia, a quien tanto amó, nos comprometemos a no dejar morir su sueño.
Que
nuestro mejor homenaje sea continuar su lucha por las causas en las que él creyó,
siendo nosotros también sembradores de esperanza, de verdad y de un amor que,
como el suyo, supo echar raíces profundas en la familia y en la comunidad.
Que
su legado sea un fermento activo que siga transformando nuestra sociedad.
Que
descanse en la paz del Señor aquel que, aun en sus propias complejidades, supo
vivir siempre buscando la luz.
Que
así sea.




Muy bello, sentimiento en .palabras.
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