sábado, 12 de septiembre de 2009

Cuentos Frágiles de Fabio Fiallo


Fabio Fiallo nació en Santo Domingo el 3 de febrero de 1866. Hijo del general Juan Ramón Fiallo y Ana María Cabral. Fue maestro ocasionalmente y periodista por vocación, haciendo dirigido el semanario El Hogar (1894-95). También dirigió y redactó La Bandera Libre, que en su última época le sirvió de tribuna para sus artículo en contra de la intervención norteamericana de 1916, lo que le valió ser encarcelado en la Fortaleza Ozama (un óleo de García Godoy lo inmortaliza frente al placer de los Estudios, vistiendo el uniforme rayado de los prisioneros y portando un libre que se titula El dolor de la patria). Muchos fueron sus versos patrióticos publicados en la prensa de entonces que hoy son inencontrables y que, según noticias fidedignas, reposan en los archivos del fallecido historiador Emilio Rodríguez Demorizi, limbo del que esperamos salgan a su debido tiempo.

Fabio Fiallo se casó tres veces: con Prudencia Lluberes, con María Luisa Bonetti y con Carolina Almánzar. Fue cónsul en La Habana, Nueva York y Hamburgo. Murió en La Habana el 28 de agosto de 1942. Su cadáver comienza así un peregrinaje que lo llevaría a reposar en Santiago de Cuba hasta 1977, cuando el gobierno presidido por el también poeta Joaquín Balaguer dispuso su traslado a la República Dominicana para depositarlo en el Panteón Nacional.

Cuentos Frágiles de Fabio Fiallo
Seleccionados:

Tiranías
Buenas viejecita, buena viejecita, siempre triste y llorosa siempre, dime, ¿dónde murió tu hijo?

-Mi pobre hijo murió en las horribles prisiones de Liberia. El Zar, el infame Zar de Rusia, lo sepultó, cargado de cadenas, bajo montañas de hielo, para apagar en aquel ardiente corazón de patriota su odio al tirano de nuestra desventurada Polonia.

-¡Que muerte tan dulce tuvo tu hijo, buena viejecita! Precio en las horribles prisiones de Liberia, sepultado su ardiente corazón de patriota bajo las montañas de hielo, pero odiado hasta el último latido al infame Zar de Rusia, su opresor. Infeliz ¡ay! Infeliz de mí, que muero, como tu hijo, entre cadenas, pero amando hasta el ultimo latido a la tirana que amontona sobre mi ardiente corazón todo el hielo de su ingratitud y su desdén.

Plegaria de una Margarita
Cual centauro que en contenida fuga dejara rodar sobre la humeante grupa su manto de sombras bordado de oro y teñido con sangre, arrastrándolo todo por encima de malezas que son bosques de robles corpulentos, y entre pedruscos que son montañas; así, paso tras paso, el crepúsculo se alejaba para hundirse en los abismos del espacio.

Sólo el aliento entrecortado del jardín- un jardín rebosante de rosas, gardenias, claveles, jazmines, flores todas de voluptuosidad y amor- interrumpía aquel silencio que nos rodeaba como los tapices de una alcoba cómplice.

Ella permanecía muda, abstraída, casi adusta. Su frente, tan pálida que imponía tristeza, era una breve y atormentada flor de lis agitada continuo por la impiedad de vientos encontrados.

Como en las paginas de un antiguo breviario de marfil-ya recorrido otras veces en pleno sol, y que ahora lo iluminaran dos cirios en agonía, !sus ojos!- yo leía en los angustiosos pétalos de la pálida flor de lis: ¡ al amor sucedía el espanto, al espanto otra vez el amor!... Y sus labios, fina margarita, parecían deshojarse en un leve murmullo: Sí… no… sí… hasta convertir los últimos pétalos en un desesperado ruego a Dios, al destino, a la Fatalidad: Sí… sí… sí…

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