PREÁMBULO / Lcdo. Chico Despradel.
Daniel Martínez: hombre que asume lo suyo:
Cuando el atardecer de la vida, con el
discurrir de los años, se refleja en nuestros cuerpos, el espíritu se afana en
buscar los vínculos que nunca nos alejarán de lo nuestro, asegurando con esto
el recuerdo en la sociedad, guardando una especie de eternidad a través de
nuestro legado que es una manera de superar la muerte, de superar el olvido a
través del testimonio escrito el texto.
El texto es el ser expresado en sus escritos,
así ofreció este esfuerzo literario con un marcado contenido social de un
médico con profundos vínculos familiares e históricos con su comunidad, Sainaguá,
con quien por numerosas razones compartimos.
Daniel Martínez es un profesional de la
medicina, la hermosa y positiva actividad humana que nos identifica con el
mandamiento cardinal de «Amar al prójimo como a sí mismo y por esa actividad
casi divina es que puede permitirse testimoniar sobre su universo cercano, de
la manera que lo hace, narrando vivencias humanas que le acercan sin limitantes
a su pasado.
Hombre que asume lo suyo, que no olvida sus
orígenes, que no se siente mal con sus orígenes, puede hablar con sinceridad de
niño las palabras de la verdad.
SOBRE LA GENTE DE MI ALDEA / Teddy Brito.
En la literatura dominicana un acontecimiento
ha contribuido enormemente a su riqueza y sostenibilidad: Mariano Lebrón Saviñón,
médico, pediatra con especialidad en Argentina, expresidente de la Academia
Dominicana de la Lengua, y líder del grupo Los Sorprendidos, ha sido el
dominicano que, viniendo de la medicina, ha llegado más lejos y con mayor
calidad en el quehacer literario.
Ha habido un torrente sorprendente de llegada a
la literatura desde otras profesiones menos a fines con este quehacer, tal es
el caso de Ramón Francisco, desde la contabilidad; y Ángela Hernández, desde la
Ingeniería Química.
En lo que se refiere a San Cristóbal, un
destacado médico, miembro de una prestigiosa familia, constituye el ejemplo de
mayor rigor en el ámbito de la literatura doméstica, nos referimos al doctor
Domingo Peña Nina.
En la actualidad y en el caso de San Cristóbal,
un médico pediatra, con raíces en la ruralidad, se dispone a colmar nuestra
atención con un conjunto de relatos basados en la tradición oral de una comunidad
como Sainaguá, laboriosa, folklórica y entusiasta.
Gente simple de mi aldea es un conjunto de
relatos y de acotaciones en el tiempo sobre personajes singulares de la comunidad
de Sainaguá, en la que están presentes mitos, creencias, modos, maneras y
peculiaridades con las que estos personajes vivieron sus mundos con un dominio
sorprendente en el arte de contar.
Daniel Martínez escribe con fuerza y sagacidad
el accionar de estos personajes, a veces en espacios circunspectos, Ojalá que
al entrar al mundo de la literatura con esta intensa criatura impresa Gente
simple de mi aldea, el Dr. Martínez comience a trillar el camino con solidez de
una carrera que no debe terminar nunca.
Edelmira, la bruja que
volaba
Nadie nunca pudo comprobar lo que de ella se
decía, que doña Edelmira volaba, pero ese era un tema de discusión en cada
tertulia, sin importar la razón.
Que el viejo Chin la había atrapado una
primanoche poniendo en un paño rojo media bola de azul y tres granos de ajo
colorado; o que María Engracia la había hecho caer colocando un palo de escoba
de guano detrás de una puerta o con tres granos de habichuelas rojas y un grano
de sal; que el niño de Maimia ella se lo había chupado un Jueves Santo y por
eso al niño se le habían hinchado los pies; en fin, una y otras historias se
tejían alrededor de esta pobre señora.
Quizás por su forma de vida y estilo de vestir,
siempre de blanco, en faldas bastantes largas, casi a flor de tierra, apenas se
les veían los pies; esto conjugado con su figura delgada, alta, con el pelo
siempre amarrado con un lienzo blanco o rojo, realmente era algo que llamaba la
atención.
Con mucha frecuencia andaba sola, al atardecer,
que según la tradición eran las horas propicias para las brujas volar. Era de
muy poco hablar, mirada escurridiza, pasos lentos y seguros cuando solía salir
de su casa, casi siempre a comprar velas a donde su amiga Mamacía que las
fabricaba para esos fines. Cuando la gente la observaba pasar ponían cruces de
piñón en las casas donde había niños para así evitar que doña Edelmira se los
chupara.
Una tarde de viernes 13, doña Edelmira salió de
su casa en busca de velas, tomó la carretera en dirección a Mamacía, al pasar
por el frente de la casa de Carmela, quien cargaba en brazos a una de sus
nietas y, al percatarse de su presencia, se santiguó, se hincó, colocó la niña
sobre un mueble y corrió a la cocina, tomó una escoba, dos granos de sal y dos
de ajo, los introdujo en los flecos del guano de la escoba y la puso al revés
detrás de la puerta delantera de la casa. Cargó de nuevo a su nieta y rezó un
Padrenuestro y nueve Avemarías. Edelmira prosiguió literalmente su marcha y
cuando había recorrido algo más de cien metros, comenzó a sentir dolores
reumáticos en sus rodillas, por lo cual al llegar donde Mamacía fue necesario
sentarla en una mecedora, pues el dolor y las molestias ya les impedían la
marcha.
Aquel episodio se expandió como humo en el aire
y entonces se supo que Carmela conocía la práctica de amarrar brujas para que
no hicieran daño.
DOCTOR MIGUEL MARTĺNEZ
GARCÉS
Catedrático, médico, pediatra y político;
egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y del Hospital
Infantil Robert Reid Cabral. Nació en 1949. Miembro del movimiento clubístico
de los años posteriores a la revuelta de Abril del 1965: ocupó los cargos de
secretario de Actas y Correspondencias del Club Flor de la Juventud; presidente
fundador del Club Sol Naciente de Sainaguá. Presidente del Comité Organizador
del Primer Festival de Atabales en 1975; presidente del Club Rotario de Las Matas
de Farfán y de San Cristóbal.
Ha desempeñado importantes cargos públicos: médico
jefe de Pediatría en el Hospital Dr. Federico Armando Ayear (1982-1987) y
Hospital Regional Juan Pablo Pina (2002-2004);
PALABRAS / Ramón Mesa/ Editor.
Lo que aquí nos cuenta el doctor Martínez no es
la de los héroes, sino la historia anónima de los de abajo, la de los que no
tienen quién les escriba, y escribiendo de esta gente humilde y trabajadora, el
autor escribe su propia historia. De hecho, sus palabras en el texto de
introducción son una crónica importante sobre el origen de la comunidad de
Sainaguá y las familias fundadoras, mismas de las que es un miembro
distinguido. He aquí su gran acierto como profesional de la medicina, como
autor y como intelectual agudo.
FLAM editores. Curaduría y cuidado de edición
Ramón Mesa. Corrección de texto Lcda. Ysabel Florentino. Imagen de portada
tomada de pinterest.com (autor desconocido) Diseño de portada, diagramación y
arte final Lcdo. René Arias


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