martes, 8 de mayo de 2012

CHAPITA (Viacrucis de un pueblo.1951)




Félix A. Mejía

Chapita era el mote con que se conocía al llamado Rafael Leónidas Trujillo Molina antes de su asalto al poder.

De ese momento en adelante, y hasta corto tiempo después, los que así osaron llamarlo pagaron con la vida esa confianza, pues chapita no es hombre de chanzas ni de contemplaciones.

La palabra chapa se ha hecho tan peligrosa en el país, que se ha desterrado del vocabulario popular, no ya para referirse a su persona, sino aún para cualquier otro uso. Pronunciar una palabra que tenga la silaba cha, como por ejemplo chata, es motivo de alguna reflexión, por temor a un lapsus linguae o a una mala audición.

Hay varias versiones en cuanto al origen de ese apodo, pero ninguna de ellas, sea cual fuere, puede tener nada de honrosa, una vez que tanto lo ofende, pues ha sido costumbre en todos los pueblos y en todas las épocas, apodar a ciertos personajes, sin que eso sea motivo de represalias, y mucho menos de muerte.

A Enrique I, fundador de la grandeza alemana, le llamaron el pajarero, porque estaba cazando con halcones cuando le fueron a anunciar su nombramiento. A Felipe el Hermoso, rey de Francia, le llamaron El monedero Falso, por haber alterado fraudulentamente la moneda. A Carlos VI, de Francia también El insensato, que es lo mismo que loco. A Enrique VIII, de Inglaterra, El Nerón Inglés. Andueza Palacios, presidente de Venezuela, fue apodado Mignon, y en Santo Domingo, al honorable Juan Isidro Jiménez Grullón, dos veces presidente de la República le llamaban Pan de Maíz.

¿Sabe alguien si alguno de esos personajes se enojase siquiera por esas lindezas, o si el presidente Jiménez, además, matara a nadie?

La versión más socorrida reza que, siendo niño se robó una chapa con la imagen de la Virgen de la Altagracia, lo que originó el mote de per jacum entre sus compañeros, no pudiendo sacudirse de él, como ocurre casi siempre; sobre todo si el puúlico se da cuenta de que al motejado le molesta.

Asi también lo llamaban los yanquis durante los días de la ocupación, los cuales lo distinguieron bastante por el ensañamiento que desplegara bajo sus órdenes en contra de sus compatriotas.

Traicionero congénito, delataba a los dominicanos que, en gesto patriótico, se lanzaban a la manigua en actitud de rebeldía frente a la oprobiosa ocupación. Puesto al frente de esas fuerzas con el grado de segundo teniente de la Policía Nacional Dominicana, salía presto en persecución de sus hermanos, y, cuando lograba hacer algunos prisioneros los ejecutaba inmisericorde, para dar pruebas al invasor, su Mecenas futuro, el que lo llevó hasta el grado de Mayor por recomendación de los instructores americanos durante el gobierno provisional de Vicini Burgos; y luego le dio su beneplácito para dar su salto de chacal a la Primera Magistratura del Estado.

Por ahora tenemos al cernícalo, que nace entre muchos polluelos gallináceos, y no bien ha salido del cascarón, cuando ya ha exterminado a sus hermanos de camada, mientras su instinto y su plumaje crecen para también exterminar a la pobre madre que desgraciadamente lo ha incubado.

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