martes, 15 de febrero de 2022

PATANGRUEL ENCUENTRA UN LIMOSÍN QUE TEGIVERSA LA LENGUA FRANCESA. Francois Rabelais.




FRAGMENTO

-¿Y como pasáis el tiempo en París los señores estudiantes?-volvió a preguntar Patangruel.

-Transfretamos la ribera sequana desde el dilúculo hasta el crepúsculo; deambulamos por los compartimientos y las vías de la urbe; espumamos la verbocinación latial; como verosímiles amorhabientes, nos captamos la benevolencia del omnipotente, omniforme y omnigenuo sexo femenino. Ciertos dilículos nos inmiscuimos en los lupanares de Champ-gail-llard, Matcon, Cul-de-sac-de-bourbon, de Huslien, etcétera, y en éxtasis venéreo, inculcamos nuestras véretras en los penitentes receptáculos de las pudendas de aquellos meretrículos amigabilísimos; después aprehendemos en las tabernas meritísimas de la Pomme, Castell, Madeleine y Mulle, bellas espáldulas de carnero, perforaminadas de perejil, y si por fuerte fortuna hay raridad o penuria de pecunia en nuestras escarcelas y están exhaustas del metal ferrugíneo para el escote, dimitimos nuestros códices y vestidos, pignorados hasta la llegada de loís tabularios procedentes de los penates y lares patrios.

-Pero ¿Qué diablos de lenguaje es éste?-objetó Patangruel-. ! Por Dios, que tú eres algún herético!

-Señor, no: porque libentísimamente, en cuanto ilucerce un minutículo del día, emigro a uno de esos tan bien arquitectados monasterios y allí, irrigándome de hermosa agua listral, mastico un pedazo de cualquiera mística precación de nuestros sacrificifices y mascullando además mis precificas horas hago abstersión en mi alma de las iniquidades nocturnas. Yo reverencio a los molipícolas. Yo venero latrialmente al sobrenatural astripotente. Yo amo a mis prójimos. Yo guardo las prescripciones decalógicas, y según el poderículo de mis fuerza, no me aparto de ellas un negrículo de uña; si bien es cierto que, a causa de que la fortuna no superpurgita gota en mis alcancías, soy un poco raro y lento para supergurgitar la limosna a estas gentes pidientes de su estipendio ostialmente.

Mierda! ¡Mierda!- gritó Pantagruel-. ¿Qué quiere decir ese loco? Yo creo que nos forja aquí un lenguaje diabólico y nos encanta como un fascinador.

-Señor- le dijo uno de sus compañeros-, sin duda ese buen mozo quiere tergiversar la lengua de los parisienses; pero no hace más que descortezar el latín y señalar pretensiones de pindarizar; sin duda creo que es un gran orador en lengua francesa, porque retuerce la manera ordinaria de hablar.

GARGANTUA Y PANTAGRUEL. Francois Rabelais. Biblioteca Edaf .1972


miércoles, 26 de enero de 2022

¿TURISTA YO? ¡NI HABLAR! MARÍA JOSÉ RAZKIN.

 



Erika, una alemana que cayó en el país, por uno de esos intercambios hoteleros muy largos de detallar, le hizo gracia la primera vez que un moreno criollo le grito al poco rato de bajarse del avión “¡Eh my friend!, taxi, taxi”, dicho en un acento muy cibaeño.

Le pareció, de primera impresión, así, a botipronto, un país muy hospitalario y desordenado, muy parecido al que le habían contado sus antecesores en similar travesía, y comprendió a la perfección, en cuanto sintió la primera bocanada de calor, el apego de sus conciudadanos.

Como todavía se hacía un lio con el cambio, entre los dolores, marcos y pesos, y se sentía un poco mareada por el viaje y los merengues que le había puesto el taxista (debía pensar este que cuanto más ruidosos mejor, y el “mami tírame un beso”, debía gustarle mucho al buen hombre ya que lo tarareo con insistencia), Erika pago sin rechistar su cuenta, a la que añadió una propinita porque el se había afanado en su recorrido, chapurreando con esmero el poco ingles que sabía ye so hay que agradecerlo siempre.

A lo que era un mangú de plátanos, un riquísimo sancocho con arroz blanco, le enseñaron a bailar salsa y bachata y entro en su realidad cotidiana, no le costó demasiado trabajo comprender que la ecuación “extranjera-sola-rubia” equivalía e mayoría de las veces  a “próxima víctima con dolares a la vista” por parte de más de un vivo que veía la posibilidad de hacer su agosto aunque estuviera solo en abril.

Erika descubrió, por ejemplo, que su media cajetilla de cigarrillos rubios le costaba empipanablemente uno o dos pesos más que a cualquier compañero de oficina, y que los “sándwiches” con un jugo que apuraba al mediodía iban acompañado de una sonrisa un tanto maliciosa del que atendía y un: ¡Dame setenta ahí!, rematados por un: ¡Eighty, Eighty”!, cuando se daban cuenta de que no había entendido nada.

Como buena europea, no estaba acostumbrada al sabio arte del regateo. Salvo en algún mercadillo pobre de baratijas, ropa y relicarios, en todos los países civilizados que había visitado, siempre pagaba lo que le pedían, pensando que era el precio justo, real y equitativo para todo el mundo, fuera foráneo local, blanco, prieto o mestizo. Una especie de al pan, pan y al vino (pues acábelo usted mismo).

Pero poco a poco se fue enterando de lo que valía un peine en un cabello malo, y se fue cansando de que cada viaje al paletero, a un mercado de artesanía, un supermercado “especializado” en clientes extranjeros o una carretera tomada en caulquier calle, por poner algunos ejemplos, acabara casi siempre con un balance de unos cuantos pesos en su contra. Naturalmente también conto con honrosas excepciones a este tipo de argucias que le devolvieron, la confianza en que no todo estaba perdido.

Pero a modo general, la sonrisa inicial que desplego nada más poner sus pies en tierra firme, se le fue transformando en un dejo de amargura y queja y  de manera práctica, en la firme intención de encontrar un pronto y sabio remedio para colocar sus divisas que no eran tantas, a salvo de la astucia local.

Por suerte fue aprendiendo pronto el español y al “¡hola, adiós, ¿Cómo estás? Y My nombre es Erika” típicos de los primeros balbuceos idiomáticos fue añadiendo ya frases más o menos elaboradas  dichas con mucho acento germano al estilo de ¡cuánto cuesta¡, “demasiado caro” o “¡oh! Lo siento solo tengo 10pesos!”. Naturalmente detrás de estos aprendizajes estaban los consejos de sus compañeros de labores o dominicanos de buena fe que querían salvar a la extranjera de las garras de los tigüeres aprovechados.

Pero ni modo: su cabello bueno y rubio y su piel blanca delataban demasiado, y comenzó a pensar que en este país, para según que cosas, ser de fuera podía ser un problema.

Así que comenzó a usar una táctica  estratégicamente recomendada y era la de preguntar antes de comprar: “psst. Mirra (le costaba pronunciar las erres sencillas). ¿A cómo me das eso?, pero mira yo soy rubia pero no soy turista, yo trabajo aquí”.

Esta frase le fue dando un mejor  resultado y generalmente iba acompañada de esta expresión del vendedor:” Ah, pero esta gringa sabe mucho”, y ciertamente le servía para  lograr una rebajita, de a veces hasta la mitad del precio original.

De esta manera aprendió a sobrevivir aunque tuvo que echar muchas “pela de lengua” todavía porque había gente empeñada en ver a todo extranjero como un ricachón con el signo de dólar en la frente, cuando de eso, la mayoría de las veces, nada.

Dos años después, cuando finalizo su contrato, Erika dejo el país.

En su equipaje acumulo todas sus experiencias agradables que fueron muchas y desatinos, los menos. Pero sobre todo volvió a recuperar la sonrisa ingenua con la que había descendido tiempo atrás. Ahora si sabía regatear, pelear y hasta soltar alguna mala palabra en español, o si estaba muy enfadada en alemán para que nadie se enterara, para dejar muy claro que pendeja ¡nada!.

Y de turista… ¡ni hablar1

BUSCANDO TIEMPO PARA LEER. Los 10 derechos del posible lector. / José Rafael Lantigua.

 





FRAGMENTO

Presentación

Buscando tiempo para leer. Los 10 derechos del posible lector. Un texto conciso, inteligente, no solo bien escrito, no solo bien escrito, sino además realizado con la garra que dan la ternura y la reflexión, cuando esta última tiene brújula la comprensión. Siempre amaneo, bordeando a veces el humor sutil, José Rafael Lantigua consigue meterse hondo - y meter con él al lector- en un asunto por lo general cuajado de imposiciones y órdenes. No es extraño, pues se trata no solo de un escritor, sino también de un hombre que ha hecho de la lectura una  obra importante y una proyección intelectual definida y prístina. Dr. Alejandro Arvelo.

Introducción

El texto siguiente, que contiene el decálogo señalado, es una condensación del pensamiento de Pennac y, a su vez una transcripción libre de las ideas a ese respecto elaboradas por este reconocido educador y escritor francés en su famoso libro Como una novela. Nuestra versión libre, en la que necesariamente hacemos modificaciones a la escritura original e insertamos nuestros propios pareceres, no modifica los aspectos esenciales de las ideas expuestas por Pennac, por lo cual nuestro único merito, si acaso cabe, ha sido el de resumir y adaptar esos pensamientos para consumo delos lectores habituales, potenciales o posibles, y contribuir de este modo, de forma modesta, al desarrollo del inmenso e inigualable placer de la lectura.

1. EL DERECHO A NO LEER

En el fondo, hay que educar a los niños en la práctica de la literatura, pero darles a su vez los medios para que juzguen libremente que un individuo rechace la lectura, es intolerable que sea-o se crea- rechazado por ella.

Es inmensamente triste, una soledad en la soledad, ser excluido de los libros…incluso de aquellos de los que se puede prescindir.

2. DERECHO A SALTARSE LAS PAGINAS

Sea usted joven o adulto, salte las páginas que desee, pero lea, lea siempre. Puede ser, como no, que decidamos leer todo hasta la última palabra, estimando que aquí el autor se extiende demasiado, que allí se permite un solo de flauta pasablemente gratuito, que en el lugar cae en la repetición y en tal otro en la idiotez. Entonces, digamos lo que digamos, este testarudo aburrimiento que nos imponemos no corresponde al orden del “deber”, ya esa es una categoría de nuestro placer de lector.

3. EL DERECHO A NO TERMINAR UN LIBRO.

Existe pues, perfectamente, el derecho a no terminar un libro. Podemos abandonarlo, y si es posible, intentar una relectura para entender al fin por qué no nos gusta. Este es un placer excepcional.

4. EL DERECHO A RELEER

Salvo los malos todo libro merece alguna vez una lectura, aunque sea parcial. Y, a veces, hasta  los malos, por diversas razones. Ese reencuentros, sin dudas, maravilloso, aun sea para reconocer que antes ese libro le resulto fascinante y que, ahora, ya no resulta más que una referencia cultural.

5. EL DERECHO A LEER CUALQUIER COSA.

Tenemos el derecho a leer cualquier cosa, pero solo nos elevaremos como lector el día que cerremos por nuestra propia cuenta, sin que nadie nos obligue a ello, la puerta de la fábrica best-seller para subir a respirar en la casa del amigo Balzac.

6. EL DERECHO AL BOVARISMO.(Enfermedad de transmisión textual).

De ahí la necesidad de acordarnos de nuestras primeras emociones de lectores, y de levantar un altarcito a nuestras antiguas lectura. Incluidas las más “estúpidas”. Desempeñan un papel inestimable: conmovernos por lo que fuimos reindonos de lo que nos conmovía.

7. EL DERECHO ALEER EN CUALQUIER.

La anécdota vale para comprobar que es posible leer, si hay interés, en cualquier lugar: la cama de un consultorio, la parada de autobús, en el carro mientras s e espera la salida de los niños del colegio, y si se lo permite, hasta en el butacón reclinable de la barbería.

8. EL DERECHO A HOJEAR.

Sencillamente, tómelo entonces en sus manos si va a la librería o a la biblioteca de un amigo, o si se encuentra por casualidad con él en cualquier otro lugar inesperado, hojéelo sin prisa, lea algo, lo que pueda interesarle más o cautivarle momentáneamente. Usted terminara de inmediato si es un libro que merece su atención completa o si solo bastara con la hojeada que le acaba de dar.

 

 

9. EL DERECHO A LEER EN VOZ ALTA.

¡Extraña desaparición de la lectura en voz alta! ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la bica antes de clavárnosla en la cabeza? ¿ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? Hemos olvidado que Flaubert “gritó” su Madam Bovary hasta reventarse los tímpanos. Él nos enseñó que la comprensión del texto pasa por el sonido de las palabras, de donde sacan todo su sentido. Él supo, como nadie, al pelarse tanto contra la música interpretativa de las silabas, que existe la tirania de las cadencias, que el sentido es algo que se” pronuncia”. Flaubert, Kafka, Dostoiesvki, Rabelais, Vargas Llosa, Cela, Bosch, Del Cabral, Veloz Maggiolo, necesitan que los lectores soplen sobre sus libros, porque sus palabras necesitan de sus cuerpos, porque sus libros necesitan vida.

10. EL DERECHO A CALLAR

En verdad, nadie tiene jamás tiempo para leer. Ni los pequeños ni los mayores. La vida es un obstáculo permanente para la lectura. El tiempo para leer siempre es tiempo robado, igual que el tiempo para escribir o el tiempo para amar. Es un robo al deber de vivir. El tiempo para leer, al igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir. El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no -tiempo que nadie, además, me dará-sino en si me regalo o no la dicha de ser lector.


¿PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO? / RAMÓN. E.COLOMBO.

 



El hombre es blanco, algo pecoso, colorado en sus sudor, que no huele a grajo de humano, sino a fina esencia fina de madera. Viste bermudas de puro lino checo, camisa de alegre colorido Benetton, gafas Gucci de dorada montura y un sombrero Panamá que el regalo su padre, a quien se lo dejo hace mucho tiempo el inolvidable y muy famoso abuelo.

Pese a sus cincuenta y largo pico de años, camina erguido y con paso acelerado delante de un caddie “siseñor” negro, of course, que es su sombra silenciosa para los pesados efectos de cargar palos.

Al llegar al refrescante Hoyo 19 del fin de la jornada golfista, pide una copa de anisete Marie Brizard y se concentra desde una esquina del regio salón, a observar la acalorada discusión política de cinco o deis de su clase.

Unos defendiendo a Balaguer y otros a Peña Gómez, que definitivamente ya tiene una alma blanca, pues compite en las encuestas del Country Club; unos atacan las reformas mostrencas del primero y otros la dudosas promesas del segundo. A modo de breves distracciones, se menciona a Juan Bosch, Fernandito, Jacobo y Jacinto. Los demás no existen.

Y nuestro personaje, aquel glamoroso burgués capitalista que se relaja allá en la esquina, sentencia, igual que Zabalita, el de la Conversación en la Catedral) (y perdonen el símil): “¡este país se jodió!”.

Su lamento es tan genuino y amargo cono el del proletariado (y perdone el símil) que reclama la justicia.

Para el, la discusión presenta el cuadro, de matices grotescos, de una clase social que ha diluido su prosapia en un acelerado, variado y explosivo crecimiento numérico en apenas veintitantos años (propiamente desde que a Balaguer le cogió obsesivamente con hacer reforma agraria y fabricar nuevos ricos en serie).

Porque es que nuestro personaje, el de la discreta esquina del Hoy 19, es nieto de un caudillo Presidente de al Republica que ocupo el máximo protagonismo ente fines del siglo diecinueve y principios del veinte. Porque es que el biznieto de otro caudillo que fue Vicepresidente en el periodo de la Segunda República y tienen en sus genes cuatro apellidos de la rancia oligarquía, aquella a laque durante añales todo aspirante a la Presidencia tenía que acudir para pedir anuencia, apoyo o permiso (si no, no llegaba, aun teniendo el apoyo de al gran masa popular).

Porque antes, es cierto y él lo sabe, el verdadero Poder radicaba en (cito en orden estrictamente alfabético): Ejercito, embajada, Iglesia y oligarquía.

Cualquiera de los cuatro tenía capacidad para allanar resistencia en los otros y abrir brechas segura hacia la presidencia de la Republica: un sol combinado con cualquiera de los otros, hacia la ecuación Triunfo o la otra ecuación Golpe de Estado, Mon Cáceres o Juan Bosch, dos presidentes constitucionales. La excepción fue Donald Reid Cabral, precisamente un oligarca gobernante (el único en la historia contemporánea) que fue tumbado sin el consentimiento de ninguno delos cuatro Poderes, y ya ven ustedes el resultado: una Revolución, la de abril, que motivó el urgente llamado directo a nada más ni menos que 42 mil marines, para que vinieran a recomponer el cuadro.

Pero en nuestros días el concepto oligarquía ha perdido, por variadas causas, su antiguo y grandilocuente significado.

De hecho, la oligarquía no existe, como clase coherente de rectoría centralizada, de ideología única y decantada en los procesos políticos y sociales.

Es más, ser oligarca es un anacronismo y algunos hasta se ofenden si les dicen simplemente “burgueses capitalistas”, porque no acaban de comprender que forman parte de una clase avanzada con graves responsabilidades en al reforma permanente de la sociedad y su Estado.

Nuestro personaje sabe que el crecimiento y diversificación del capital en la Republica Dominicana  a tal grado que hasta Corporán de los Santos estuvo a punto de ingresar al Country Club) ha dividido profundamente a su propia clase, hasta en parcelas familiares y generacionales.

Y, consecuentemente, están divididas y debilitados sus instrumentos formales de acción política y social, Tony Isa, el de Herrera, discute de tú a tú  con José Vitienes, el del Consejo Nacional de Hombres  de Empre, que recibe también el fuego de Andrés Dauhjre, el importador neoliberal, quien a su vez, dirige la Asociación de Industria.

Entonces, cuando nuestro amigo del Country Club dice que “este país se jodió” es porque está convencido  de que su clase a perdido el poder político de antaño y su futuro depende, al revés de dueños del dinero simplemente para que les financien los gastos electorales.

Sabe que no hay Clase, en sentido político sino “grupos empresariales”… que no es lo mismo.

Por eso, ya no pueden poner o quitar gobiernos, ni consagrar ni anular candidatos.

REVISTA RUMBO. Crónica de un rosca izquierda. Año I No 11. Del 7 al 13 de Abril de 1994. Santo Domingo.


sábado, 22 de enero de 2022

EL VERDADERO CAMBIO (Colindancias). ADRIANO MIGUEL TEJADA.

 



Tenemos años hablando de reforma y de cambio. De hecho, la palabra cambio se ha vuelto la varita mágica de las campañas electorales.

Traigo todo esto a colación porque estoy convencido de que, en medios como el nuestro, las mismas tiene que ser parciales, paso a paso, institución a institución, de acuerdo a un “calendario de entregas” fijado previamente por un acuerdo entre las elites.

En el caso dominicano, lamentablemente, las élites políticas no pueden tomar la decisión porque ellos serían juez y parte. Por tanto, la decisión debe ser tomada por los que sufrimos los embates de los políticos: por la gente organizada y por los que “tienen algo que perder”.

Piénsese en la reforma judicial. Para lograr una efectiva reforma judicial habría que modificar el Senado o atribuir la ejecución a un organismo más politizado que éste que no podría garantizar una verdadera independencia de la Función Judicial.

Si decidimos, como creo, que el problema es más complejo que la designación de los jueces sino que incluye, entre otras cosas, las herramientas que pongamos en sus manos para que tengan la obligación de portarse bien, entonces entramos al juego de las instituciones y al valor de la ley.

Por ejemplo, es ingenuo pensar que estableciendo en la Constitución un porcentaje del presupuesto nacional para el Poder Judicial se resolverán los problemas, cuando no se tienen mecanismos para hacer cumplir la letra de la ley. En varias constituciones latinoamericanas aparece el dichoso porcentaje y en ninguna se cumple. ¿Qué nos hace pensar que aquí va a ser distinto?

Es por ello que pienso que existen varias áreas claves de la reforma que deben ser el resultado de un consenso nacional, a las que debe dedicarse todo el esfuerzo necesario para hacerla funcionar. Las resumiría de la manera siguiente:

a) Creación de un Tribunal de Salvaguarda del Patrimonio Público que se encargue de juzgar todos los delitos de la corrupción estatal, a cualquier nivel, incluyendo como delito la mala administración de los recursos del Estado. Ya tenemos experiencia con el tribunal de Confiscaciones que funciono buen en su momento.

La ventaja de este tribunal es que no afectaría a los “buenos”, sino a los malos de la película. Además nadie se sentiría amenazado por una reforma judicial general que ni se sabe dónde terminaría.

Asegurado el control de la corrupción se pasaría a:

b) Descentralización del estado, incluyendo nuevas forma de representación, y modificación de la ley electoral para hacerla más democrática.

Es evidente, sin embargo, que toda mutación está sujeta al concepto de gobernabilidad existente en las élites en un momento determinado.

Ello así, porque en la cultura política dominicana está muy enraizado el concepto de la autoridad, que bien puede traducirse aquí como  sinónimo de gobernabilidad.

La petición reiterada de un “Trujillo” es un grito por la autoridad necesaria para gobernar. Es por esto que a nuestra condición le cabe perfectamente la definición de “situación autoritaria” de Juan Linz, al referir esa especie de aberración en la cual perseguimos un fin democrático arraigado en la cultura política del país el concepto de autoridad física, violenta, como sinónimo de gobierno.

Es por ello que los gobernantes que han tenido menos dificultades en su función gubernativa, son los  que, como decía  Lilís, han “pagado sus homenajes al ideal democrático representativo”, pero que no lo usan en ciertos y determinados casos.

Por tanto, el peso del valor gobernabilidad es superior, en la cultura política dominicana, al valor democracia, derechos humanos, entre otros.

Esto puede explicar, por ejemplo, el relativo desdén a las violaciones de los derechos humanos, a la legalidad del sistema, porque existen valores “superiores” en la mentalidad de la población.

Cómo cambiar la mentalidad de la gente es la clave del verdadero cambio y para lograrlo se necesitan ejemplos, pues, como se sabe, los hechos “siempre han tenido más eficacia para persuadir que las razones”, como expresara José Núñez de Cáceres hace más de 170 años.

Por eso, la reforma tiene que hacerse gradual y pacientemente, en instituciones que sean eficaces en la práctica.

De ahí pasaríamos a las reformas más generales pero esto será motivo para otra entrega.

Revista RUMBO.  Año 1 Numero 11 del 7  al 19 de abril de 1994.

viernes, 21 de enero de 2022

MANEJO DEL PODER, PSICOLOGÍA DEL OPORTUNISMO O EL REALISMO POLITICO (II). / LEONTE BREA.



Y qué decir de Talleyrand, personaje contemporáneo de Fouche y de quien se han tejido también numerosas leyendas. ¿No representa firmemente le perfil del político hábil, de modales refinados, genial, talentoso, conocedor profundo de del hombre  de su época y sobre todo inescrupuloso? Es mejor que dejemos a Emile Dard, uno de sus biógrafos, que nos hable de él, de su retrato psicológico. Os dice este escritor que nuestro personaje “adopto las resolución de prescindir de todo freno, de desafiar a la opinión (…) porque traspuesto el lindero, ya no hay límite”; pero donde Dard precisa más sus caracteres en relación a la temática tratada, es cuando asegura que “Lejos de excusar sus traiciones y su venalidad, aportaos en su contra pruebas abrumadoras. Sin embargo, así es la naturaleza humana:; la inmoralidad no siempre excluye el sentido común y la lucidez”.

Tanto Richelieu, Fouche como Talleyrand han sido considerados brillantes, hábiles y hasta maestros o genios de la política. Si lo juzgamos por la forma en que manejaron el poder  y en función a la manera con que hemos abordado el problema tendríais que conceptualizarnos como hombres pragmáticos poseídos de un gran realismo político, pero nunca de oportunistas. Si nuestras ideas son correctas, este tipo de proceder político solo lo pueden ejecutar las personas dotadas de ciertas características psicológicas y sociales.

¿Cuáles son esos rasgos psicosociales que posibilitan que determinadas personas puedan, sin ningún remordimiento de conciencia, “traicionar ideales” con el fin de beneficiarse y lograr ser reconocidas socialmente como hábiles y brillantes?

La primera característica que deben poseer estas personas es la de tener visión, o sea, la capacidad, tal como lo afirma Maquiavelo, de ver antes que otros os problemas para poderlos enfrentar oportunamente. El segundo rasgo lo constituye la osadía, que n es otra cos que el atrevimiento o tener el valor necesario para poner marcha la acción. El tercero, es el deseo o impulso hacia el éxito, donde la búsqueda del logro domine por completó el temor al fracaso. El cuarto se refiere al principio de la realidad, el cual debe estar mucho ma desarrollado en estas personas que “el ideal del yo y la conciencia moral”.

La quinta característica es el cinismo, o sea, la cualidad que es permite defender públicamente, sin sobresaltos, y tranquilos, las posiciones o situaciones que pueden ser cuestionadas o rechazadas socialmente.

El último rasgo es el histrionismo, característica imprescindible para persuadir a las personas de que son seres sinceros y confiables. Sobre este mismo asunto Francisco Guicciardini, recomienda, con justa razón a los políticos negar. “siempre con firmeza lo que tú no quieres que se crea, porque aun cuando se descubran muchos indicios y se llegue hasta casi la certidumbre en contra tuya, la afirmación o la negación con frecuencia hace que los que te oyen enderecen sus ideas”.

A juzgar por la consistencia de estos  razonamientos parecería que nuestro análisis es correcto; pero aun consideramos que hemos dejado intacto y sin discutir un aspecto crucial para la clarificación del problema, nos referimos a la parte, de la definición de Pasquino, que corresponde al contenido ético: la búsqueda de beneficios personales… sin ninguna consideración por loa principios ideales morales”. En otras palabras, el mencionado autor, en su conceptualización supone en estos hombres su existencia de ideales o principios morales que terminan traicionando o que traicionan habitualmente. Nosotros en función de los planteamientos básicos expuestos, consideramos que en este tipo de gente no existe tal traición pues su vida, como sus acciones, no queda ligada a ninguna forma de regulación que no sea el poder mismo.  Y si el afán o el ansia del dominio constituye el fundamento o motivo principal de su existencia, cualquier movimiento que le reporte poder, lejos de generarle remordimiento le produce satisfacción y más cuando esto es reconocido socialmente, Quizás estas ideas fueron las que llevaron a Madame Stael a imaginar a un Napoleón que: “No odia ni ama” y que “”Ni la piedad, ni la gracia, ni la religión, ni la adhesión a una idea cualquiera, podrían apartarle de su orientación principal”.

La justificación social con la que ellos explican sus acciones “oportunista” no puede interpretarse, dentro de la teoría de la disonancia cognoscitiva de Festinger, como un comportamiento dirigido a eliminar o aminorar un supuesto estado de intranquilidad o malestar interno producido por la calificación de “traidores2 que les formulan algunos sectores políticos. Y no puede ser de esa manera, porque sabemos que estas personas carecen de una fuerte conciencia moral (super yo) y de apego a ideales y a principios políticos que no sea el amor al poder, razón por la cual ni sienten que han traicionado ningún ideal, porque no lo tienen, ni pueden tener remordimiento de conciencia porque carecen de ella.


jueves, 20 de enero de 2022

DESCRIPCIÓN CALLE EL CONDE: NAVARIJOS DE FRANCISCO EUGENIO MOSCOSO PUELLO.

 



FRAGMENTO.

El Santo Domingo de Guzmán en que yo vine al mundo era una ciudad pobre, humilde y tranquila, donde se oían frecuentes toques de cornetas, se rezaba un poco y casi no se hacía nada.

Los habitantes eran sencillos, honestos y pundonorosos. Como único esparcimiento tenían sus fiestas de barrio y procesiones. Una o dos veces al año asistían a una corrida de toros, a un circo de maromas o iban al teatro.

De vez en cuando les molestaba la tropa abigarrada en la Fortaleza, los tres tiros de alarma y los frecuentes sitios de la ciudad. Pero los protegía su Policía, formada por vecinos conocidos, respetuosos y abnegados. Un cuerpo de Serenos les cuidaba el sueño y sus intereses en la noche, les anunciaba la hora, y por añadidura, les hacía saber el estado del cielo.

Pero su vecindario contaba con  una Escuela Normal, un Colegio San Luis Gonzaga, un Instituto Profesional, y por sus calles sucias, cubiertas de yerba, sin aceras y estrechas, llenas de perros y en las que no faltaban burros, caballos, chivos y cerdos realengos, se cruzaban el Padre Billini y Don Manuel de Jesús Galván, Don Eugenio María de Hostos, Don Emiliano Tejera y Don Félix María del Monte, Don José Gabriel García y Doña Salomé Ureña de Henríquez.

Y en el Palacio Arzobispal tenía a Monseñor Fernando Arturo de Meriño.

Los hombres de aquellos tiempos podían decir con orgullo: ¡Vaya una cosa por la otra!

La tienda que tuvo mi padre en la calle del Conde era una tienda mixta, como decían entonces. Además de las provisiones que no podían faltar: arroz, habichuelas banilejas, manteca de El Globo, mantequilla La Vaca- había allí toda clase de telas y artículos de fantasía. La mitad del aparador estaba surtida con prusianas francesas, poplines, bogotanas, muselinas, bastillita, listados, driles de todas clases y fuerte azul. También había cintas de todos los colores, botones de nácar y de huesos, hilo de coser, encajes, pañuelos de Madrás, tiras de hiladillos y perfumería. Un tramo estaba lleno de Agua de Florida de Lamman y Kemp y de Kananga del Japón y en los parales del aparador colgados de clavos, había docenas de tacitas para café y espejitos con tapas, que eran muy solicitados por los marchantes.

En la otra mitad del aparador era una botillería: cerveza de la T, licor de Resolio, anís asafalte, jinebra, ron, vinagre, aceite, y muchas cosas más.

El cajón se iba llenando de motas poco a poco. El peso no descansaba. Y a veces el papel de estraza en que ese envolvía las provisiones escaseaba.

Por la calle del Conde, sucia, asoleada, estrecha y polvorienta pasaba todo, desde Vidal Gallina, Pamparruá, Juanico el Loco y Mama Reina, hasta los próceres de la Independencia y de la Restauración, cuando los llevaba hasta el cementerio el gran Balandrán, con su enorme túbano en la boca, echándole el humo a la comitiva, para pasarlo por la puerta del Conde como era de rigor dispensándoles con esto, el único honor que hasta entonces se había otorgado a los que tenían la fortuna de morir en esta vieja ciudad de Santo Domingo de Guzmán.

Por la calle del Conde transitaban durante la mañana numerosos campesinos que llegaban de los alrededores de la ciudad: de Haina, de San Cristóbal, de La Venta, de los Minas, de Los Alcarrizos y de otros diferentes sitios que hoy se han convertido en ensanches de la ciudad.

Entraban estos campesinos por la Puerta del Conde, montados sobres sus bestias: caballos, burros, bueyes-caballos, luciendo grandes sombreros de canas, pañuelos Madrás atados a la cabeza o sujetos al cuello, cachimbos de barro o de tapitas, y a veces armados de revólveres, de cuchillos y machetes de cabo.

Eran estos campesinos, los compai y las comai de otros tiempos que recorrían la calle del Conde para vender sus productos y, luego  de realizar estas operaciones, visitaban las tiendas y pulperías para proveerse de lo indispensable para sus hogares situados del otro lado de las murallas.

Iban estos campesinos, blancos, negros, mulatos, de puerta en puerta, con sus bestias a rebiate, ofreciendo sus artículos: melao, cazabe, morros de boruga, miel de abejas, ajonjolí, funde, pulpa de tamarindo, cañafístula, jengibre, víveres de todas clases y frutas de la estación. Leña, cuba a, escobas y sus palos, macutos, sogas de majagua para sacar el agua de los pozos.

En la época de las lluvias, en la calle del Conde, como muchas otras calles de la ciudad se convertía en un lodazal. Las bestias que entraban a ella lo amontonaban y las aceras y hasta las fachadas de las casas se cubrían de manchas de barro rojo.

Y los grandes aguaceros la llenaban de basuras. El agua que descendía de los barrios altos, de San Miguel, de San Lázaro, de la cuesta del Vidrio, arrastraban toda clase de desperdicios que se detenían en las vías del tranvía que le servía de represa y allí se acumulaba de todo, bagazos de caña, petacas vacías de carbón, cascaras de plátanos y una infinidad de inmundicias.

Durante la seca era polvo lo que se encontraba en la calle. Un polvo fino, colorado, que cubría los mostradores, que ensuciaba las habitaciones y que se palpaba en todas partes donde se pasaba una mano limpia. Todos los días  tenían que dedicar un buen tiempo a la limpieza del establecimiento y en ocasiones les era menester cubrir algunos artículos para evitar que se empuercaran.

Las noches en la calle del Conde eran tristes. Des pues de las nueve la envolvía un silencio tan profundo y una soledad tan completa que Idelfonso Sánchez no pudo menos que tomar por un fantasma a Don Manuel Lebrón, una noche de 1880.

Las tiendas de la calle del Conde vendían muy poco en las tardes y casi nada en las primas noches. Pero como no había leyes de cierre los comerciantes cerraban sus establecimientos a la hora que mejor les convenía.

La calle del Conde, en el Navarijo, estaba formada por unas cuantas casitas modestas de una planta y de algunos bohíos.

Eran estas noches del Navarijo aburridas, monótonas. La guardia de la puerta del Conde, las animaban de vez en cuando con sus cantos, su güira y su tambora. Pero hacia días que permanecía callada porque el vecindario se había quejado. El Centinela se hizo eco de estas quejas, y el Gobierno prohibió estos Cantos.

Para mi padre era un evidente progreso el haber podido establecerse en una calle tan principal. Y no estaba equivocado.

NAVARIJO. Editora Montalvo. 22 de octubre de 1956. Ciudad Trujillo.