sábado, 4 de octubre de 2014

DIOGENES VALDEZ, EL AMIGO QUE SE VA.



Por Rafael Pineda

MONTEVIDEO, URUGUAY. Cuando muere un amigo lo primero que salta es la tristeza. Y después llegan a la memoria los buenos recuerdos. Y la grandeza de aquel que ha dejado de vivir. Me entero de que ha muerto Diógenes Valdez, uno de los mejores exponentes de la narrativa dominicana contemporánea.
Lo conocí en los años 70 trabajando en la Dirección General de Bellas Artes junto al poeta Máximo Avilés Blonda. Con su eterna amabilidad. Nos vimos muchas veces en eventos que tuvieron que ver con la literatura y nos rencontramos en Uruguay donde me llevó a los círculos literarios y a esos lugares que frecuentaba Mario Benedetti. Me presentó a los poetas Gerardo Almada, Betty Chiz, Guillermo Lopettegui, y a los editores (y poetas) Roberto Bianchi, Rocío Cardoso, Alfredo Villegas, y a muchos más.
La ciudad de Montevideo tenía para él un significado especial. Viajó la primera vez el año 1963 becado por el Gobierno constitucional del profesor Juan Bosch. Al producirse el derrocamiento de la primera democracia dominicana, quedó sin amparo teniendo que forzar su regreso a Santo Domingo sin concluir los estudios de ingeniería civil en la Universidad de la República. Constantemente me hablaba del amor que sentía por la ciudad y por la gente de este país. Fuimos asiduos visitantes del Restaurante San Rafael, a donde, hasta enfermar meses atrás, también iba Mario Benedetti. Como un simbolismo nos sentábamos en la misma mesa donde almorzaba el poeta uruguayo de fama mundial, autor de “El cumpleaños de Juan Ángel”.
En Uruguay fue donde escribió la novela “El Cisne enfermo”, puesta en circulación el 10 de mayo del 2008 en el marco de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, presentada por Alejandro Arvelo. También escribió una novela sobre la vida de la poeta uruguaya Edelmira Agustini y un ensayo sobre la poética y la narrativa de Aida Cartagena Portalatín (guardo una copia).
Estuvo vinculado a la editorial Botella al Mar, habiendo tomado parte en los festivales de poetas y de narradores de las dos orillas, organizados por esa entidad. En octubre del 2007 lo acompañé a Brasil, invitados por el Proyecto Cultural Sur, a participar en el Congreso Mundial de Poetas y Escritores celebrado en Bento Gonçalves, Río Grande Do Sul.
Fue un asiduo de las veladas culturales de Montevideo concurriendo a las presentaciones de libros en la Casa del Autor y en el Mercado de la Abundancia. Frecuentaba el taller literario del Espacio Mixtura, presidido por Betty Chiz y Roberto Bianchi.
Diógenes Valdez escribió mucho, cuentos, novelas y ensayos literarios. Y tenía amplios conocimientos sobre la literatura universal. Una de sus obras imprescindibles es “El Arte de escribir cuentos, apuntes para una didáctica de la narrativa breve”, en la que recopila las opiniones de autores famosos, y fundamenta sus propias reflexiones sobre el tema de escribir.
Yo sabía que Diógenes estaba enfermo. Pero el aviso de su muerte me tomó de sorpresa. No lo esperaba en este momento, aunque cuando me escribió una nota el 21 de diciembre del 2013, tuve la corazonada de que se estaba despidiendo de la vida. Esta fue la nota:
“Amigo. Sé que en estos días tan hermosos estás de cumpleaños. Que disfrutes ese día con tus amigos y seres queridos. En algún momento pensé pasar las navidades en Uruguay, ya sabes que adoro ese país, pero la salud me ha hecho una mala jugada. Prácticamente los últimos meses del año los he pasado interno en una clínica, con problemas de circulación que han hecho que se me rompieran algunas várices en las piernas, pero ya estoy casi sano. Saludos a todos los amigos”.
Yo tenía confianza en que la fortaleza espiritual de Diógenes se impondría en todo momento a las dolencias físicas. Pensé que superaría esas dificultades y lo volvería a ver recorriendo los boliches, los teatros, los talleres literarios y compartiendo con sus amigos escritores de Montevideo. Así se lo expresé. Pero cuando la muerte acecha, y golpea, golpea tan duro, y para siempre. Diógenes Valdez se ha ido físicamente. Pero su obra le sobrevivirá, por los siglos. Y lo inmortalizará como uno de los narradores exquisitos del siglo XX. El 6 de agosto del 2008 fui hasta el aeropuerto de Carrasco en Montevideo, a despedirlo cuando iniciaba viaje hacia Berlín, Alemania. Esta vez no estaré en los réquiems de su viaje final, pero dejo aquí la firmeza de mi admiración y respeto por él, inolvidable autor de “Antipolux”.

www.diariolibre.com. Ecos 29 Septiembre 2014.

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