jueves, 11 de octubre de 2012




Prólogo

Diógenes Valdez

El cuento, en su transito hacia la modernidad-es decir, hacia su etapa actual-, tal como si fuese en un vía crucis, ha tenido que detenerse en diversa estaciones. En ocasiones, estas paradas han durado años, pero cada una de ellas ha salido reforzado en sus estructuras literarias, y ostensiblemente hermoseado.

Hay que consentir que entre una estación y otra han existido lugares de reposo que han dado la impresión de que le cuento se ha detenido en su evolución.

Olvidando el periplo que ha vivido el género desde su pretendido lugar de origen (india, Irán) hacia las otras regiones de mundo, el cuento literario se ha metamorfoseado de su forma folklórica a la expresión rural o criollista, a la modalidad, en el que el espacio donde acontece el hecho es el interior del personaje. Es decir, el genero ha obtenido dimensiones cada vez mas amplias en su camino hacia la expresividad literaria, pasando del reducido espacio de las tertulias verbales a las paginas del libro como expresión que reflejaba las condiciones de las clases sociales mas desamparadas- en la mayoría de los casos los campesinos y los marginados de los suburbios citadinos-, ampliado su espectro geográfico al incluir al proletariado y gran parte de la clase media obrera, hasta alcanzar la gran conquista que es el mundo psíquico de los personajes, debido a la inclusión del denominado “monologo interior”, aporte que se debe al intelecto del escritor James Joyce.

La otra gran conquista del cuento moderno es el final abierto, en contra posición al cerrado, en el que el desenlace se acomoda a una personal percepción del lector.

Los cuentos de la escritora Blanca Kais Barinas, recogidos en el volumen “El compromiso”, tienen la novedosa particularidad de que- aun siendo rurales- incorporan el espacio psíquico, con la adición del monologo interior y el final abierto. Por tanto, son cuentos modernos en todo el sentido del vocablo.

Y continúan siendo modernos cuando-en cada uno de los textos que componen la referida colección-se analiza la manera en que se expresan los personajes. Todos ellos-o casi todos-se manifiesta de la manera más correcta y solo el espacio geográfico permite adivinar que aquellos hombres y mujeres viven al margen de lao adelantos tecnológicos, a los cuales puede acceder el ciudadano que tiene su hábitat en las grandes metrópolis.

Con este libro, su autora ha querido dejar constancia de una vivencias que le resultaron muy cara en determinada época de su vida. Esa felicidad bucólica que proporciona el estar en contacto con la naturaleza se puede advertir en muchos de os textos que integran “el compromiso” a pesar de que en casi todos el aire de tragedia parece envolver a los personajes.

Hay cuentos d la autora Blanca Kais barinas de una belleza inefable, como el titulado “Lluvia Oquendo”, o como “El regreso”, cuya brevedad es como una herida abierta en la memoria.

La finalidad del prologuista difiera mucho de la de un crítico literario. El primero no tiene la obligación de hacer juicios de valor que de antemano condicionen al futuro lector. Sin embargo, resulta difícil mantenerse imparcial ante la lectura de textos que, en ocasiones, por su brevedad, se asemejan a relámpagos que con su luz intensa y fugaz iluminan oscuras zonas de la conciencia.

Y el lector tiene también la oportunidad de aprender mucho de la sabiduría tradicional del hombre del campo y mucho más. De su psicología, como de aquella costumbre de no dar nunca su nombre verdadero, porque el campo es terreno fértil para la creencia de que a través del nombre las fuerzas negativas puedan hacer mucho daño.

En suma, hay un gran acierto de parte de la autora, cuya voz literaria se une a los narradores que-con ímpetu-se abren paso como relevo de aquellos escritores que desde hace tiempo se han mantenido sobre pedestales ganados en base a un trabajo constante y de indiscutible claridad.

Es realmente importante que entre los integrantes de ese relevo se distingan voces femeninas. Blanca Kais Barinas, con este aporte, suma su voz a la de las mujeres escritoras en condición de igualdad, aunque de antemano se que no existe una literatura “Machista” o “feminista”, solo existe la buena o la mala literatura, y la de esta escritora sancristobera pertenece a la primera categoría.

Saludamos con vehemencia la aparición dentro del panorama de las letras nacionales de este libro titulado “el compromiso” y a su autora. Este libro es un nuevo aporte literario que acaba de nacer y por dicho acontecimiento todos debemos regocijarnos.

Perfil mítico-rural en Blanca Kais Barinas

Orlando Alcántara

La narrativa de Blanca Kais Barinas en el cuento “El compromiso”, mención de honor en Casa de Teatro 2000, decanta en perfil mítico-rural al presentar un trozo de la cotidianidad campesina salpicada por la singularidad de un crimen doble por motivos pasionales. Este ultimo hecho no es mas que un simple leit motiv en todo el andamiaje verbal de silencios entrecortados, sugestivas inferencias y la expresión decidida de una escritora que domina el decir narrativo con verdadera sagacidad de quien cincela le mármol.

Blanquita es su adjetivación afirmativa destaca lo viril en todo momento de unos hombres decisoriamente míticos que se mueven acorde al ritmo tradicional del cuento de conflicto, nudo y desenlace; pero que son todo lo contrario de los personajes de Juan Rulfo en Pedro Paramo. Estos hombres no son fantasmas. Son más que reales. Están por encima de toda demarcación limitatoria. Son hombres de aliento mítico, acaso legendarios viviendo vidas cotidianas n el campo testigo inexorable de su compromiso. Hasta ese pedazo narrativo y feliz de la siembra, del convite en que todos participan con optimismo, es una excusa para presentarnos a estos dos hombres. José y Juan, como símbolos alegóricos del ego y el alter ego. Son disimiles y en su otra edad se encuentran el uno al otro plenamente. Ni aun al saber que ha habido un crimen, ninguno de los dos se perturba no ve menguada su amistad simbiótica. Así vemos que detrás de esta complicidad incólume se esconde el mito. Un mito acuciante y estremecedor cuando vemos que de por medio hay dos cadáveres, el del adultero que se identifica con nombre y apellido y el de la mujer de José que en todo el texto aparece como un auténtico fantasma de Juan Rulfo.

Lo que más me atrae de este cuento es la economía de recursos. Blanquita se torna parca desde el primer momento y con sobriedad pasmosa da pinceladas aquí allá que despiertan el alma. Entre esas cadencias verbales tenemos la siguiente sentencia:

“la mañana ya estaba totalmente presente, ruidosa, activa”.

Esta forma de expresarse entrecortado y grave me acuerda en cierto modo el verbo de Juan Ramón Jiménez en Platero y yo. Blanquita, por tu parte, es menos sentenciosas, menos hermética, mas prodiga. La limpieza verbal en Blanquita es una preocupación que presenciamos en todo el relato y da vida y agilidad a toda la trama.

Es una lectura concienzuda podemos desentrañar una capacidad metapoética en Blanca Kais Barinas. Su cuento se aproxima en algo a la Meta-Poesía; pues hay muchos giros soslayados en ese silencio entre José y Juan sugestivos matices a todo lo largo de la narración de la autora. Estos elementos son materia prima para la Metapoesía y se dan con naturalidad en Blanquita. Por eso avizoro un entronque futuro entre la actual narrativa de Blanca Kais Barinas, así como de su poesía recogida en el poemario “Las manos del tiempo”, y un quehacer cónsono con los cánones estecitos y éticos de la Meta-Poesía. Esperamos que mi pronóstico no se vea truncado. Mientras mas se acerque Blanquita a los textos metapoéticos por excelencia, más su pluma se adentrara por esos meandros de lo que no es Poesía Pura, Ni poesía de Vanguardia, sino, más bien, Metapoesía.



PALABRAS D E LA AUTORA

Tres Lugares guardan mis vivencias; San Cristóbal, tierra de mis raíces, donde realice gran parte d e mi educación y lugar de mi actual y larga permanencia; santo domingo, donde viví mis primeros años y parte de mi vida adulta; y Hato Mayor, lugar del que guardo imperecederos recuerdos y el que mayor huellas ha dejado en mi vida.

Llego allí con pocos años cuando mi padre, roñando el medio siglo, decide hacer realidad su sueño de siempre, y dejando atrás su vida citadina, se traslada a lo que era entonces una remota región del Este del país, adquiriendo una propiedad rural, donde estableció su residencia.

Nadie entendió nunca como dejaba atrás una existencia que parecía realizada, para vivir en un entorno donde la vía de acceso era en ese entonces un camino vecinal, que solamente podía transitarse en vehículos d motor en los tiempos de sequía.

Agradezco a mi padre el mágico regalo que dio a mi infancia y, por ende, a mi vida, al poner a mi alcance desde pequeña ese mundo ya casi perdido que eran los campos de mi país, un lugar en varias ocasione fuera d mi hogar, y refugio que dio a mi espíritu las experiencias más profundas y duraderas.

A esas vivencias se deben estos cuentos, pues sin haber conocido y compartido todo aquellos, no hubiera podido escribirlos.



Lluvia Oquendo

Lluvia Oquendo llegó al poblado con la infancia a rastras y una madre que parecía estar en otro mundo. Nadie recordaba quien las trajo, pero quien fuera los abandonó; así que se quedaron en el viejo bohío al final del camino. No se sabía nada de ellas, porque nunca hablaron de sus vidas, detenidas en un silencio lejano.

Fue el tabaquero, que de tanto andar por los caminos se enteraba de muchas cosas, quien contó que la madre era de la frontera, que una crecida del río se llevó a su familia, quedándole sólo un hermano, quien con el tiempo se perdió no se sabe donde. Que rodando de casa en casa la embarazaron a la fuerza, y de esa manera nació Lluvia Oquendo. También dijo que el nombre de la niña se debía a que nació bajo la lluvia sin límites.

Con este pasado en su pequeño cuerpo, Lluvia Oquendo se hizo parte de ese entorno, siempre igual en el dolor y el hambre: Cuando, sin esperarlo, su madre muere mas del cansancio que de enfermedad, siguen pasando por el rancho esas sombras raudas que no dejan rastro; y así Lluvia Oquendo se hace una mujer rotunda y silenciosa, familiar para todos en el poblado.

Duerme todo el día, porque amanece recostada en la pared del bohío, en la vieja silla de guano. Conoce todos los secretos de la noche, pero nunca ha salido una palabra de su boca para contarlos. Cuando alguien le deja un cigarrillo, fuma con lentitud y deleite, mientras piensa que todo cuanto ve es su destino para siempre.

Protegida por la oscuridad casi adivinó a José Valerio acercarse. Lo vio todo, porque cada noche vive la espera de que se detenga ante su puerta; por eso sabe el más mínimo detalle del hecho.

José Valerio caminaba mirando el suelo, tratando de ver el trillo que va al lado del camino. Silbaba quedamente y su paso era lento y cuidadoso: vio la sombra detrás de él y el brazo alzado y contundente que se abatió sobre su espalda una y otra vez sin darle tiempo a nada. El cuerpo se curvó hacia atrás y después hacia delante, antes de caer. Luego, la sombra huyó veloz, tropezando con las piernas.

Lluvia Oquendo se revolvió en su asiento espantada, con un grito detenido a la fuerza, y entonces los ojos del hombre se posaron en ella. Sintió un pavor inmenso ante esa mirada que se convirtió en una expresión amenazante, reconociendo a quien se decía había cobrado a buen precio cada muerte misteriosa ocurrida en esos lugares.

Con un escalofrío que le recorrió la espalda, se supo condenada. Se sumergió en el terror y se vio habitando el miedo cada noche, esperando la mortal estocada que hiciera eterno su silencio.

Entonces, Lluvia Oquendo-empujada por el miedo y sabiendo que ya José Valerio no se detendría ante su puerta-dejo su pasado en las paredes del bohío, echo su presente en un bulto cualquiera y- tomando un camino sin futro-se fue como vino.

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