martes, 16 de marzo de 2021

¡QUÉ BUENA CAJA DE BOLA! / María José Razkin.

 


DʹArtagnan, el mismo de los tres mosqueteros, corrió a lomos de su caballo en busca de su amada Constanza. Cabalgό duro por las calles de París hasta legar al convento donde estaba encerado (por motivos muy melodramáticos dignos de una revista de  Sucesos de aquella época) el objeto de su pasión.

Tan pronto la divisό descendió del corcel y poniendo cara de asfixiado, con los ojitos chiquititos, el entrecejo fruncido y la boquita en forma de o, (quizás por el propio idioma francés) se le acercó diciendo:

-Oh mi dulce amada, tus ojos son como dos luceros del firmamento. Pídeme que suba a él en una escalera y te juro, por mi honor de mosquetero que lo haré

-Oh, cuan intrépido sois, mi caballero, mas no es necesaria la prueba pues sόlo con vuestro sincero amor mi corazón se sobrersalta- le respondió Constanza, casi saliéndole las lágrimas.

Miguelito, un joven de barrio, con muchas habichuelas en la barriga,  a tenor de su tamaño, estaba sentado en un colmadito viendo la película. “Oye tú, pero que ñoñería ésta. Pero bueno es que no le hicieran caso a ese tíguere. Si fuera yo el que estoy con la jeva tiro la capa al piso y le digo: “¡Písala mami! Iban a ver qué levante”.

En la esquinita del mismo colmado había un viejecito, de eso que están muy arrugados y muy flacos, como si se fueran a romper de un momento a otro. Se le notaba que  estaba viviendo las escenas ambientadas en la época de Luis XIV, con total deleite, como se dice siempre, si fue mejor.

“Mi hijo-se le oyó decir- es que antes las cosas eran muy diferentes. Uno se enamoraba al paso y le llenaba a las jovencitas la cabeza de palabras bonitas. Yo siempre tenía un piropo preferido con el que me conseguí dos o tres noviecitas. Yo les decía: el cielo está abierto y se están escapando los angelitos. Se creían que yo era un poeta”.

El viejito casi no recordaba sus andanzas amatorias pero poniendo mucho empeño evocó, con gran algarabía de los presentes, que no le prestaban ya atención a la película, otro dicho que usaba con frecuencia en sus buenos tiempos.

-Cuando iba caminando y me cruzaba con una hembrota le decía: Adiós tocaya, y ella, sorprendida, me respondía ¿Se llama usted Luis?

- No, Zenón, le contestaba yo (en clara alusión al ciclón).

El viejito estaba triste porque en su opinión el romanticismo estaba tan desgastado como su propia vida y le gustaría volver a reencontrar pequeños espacios cotidianos donde no se sintiera tan fuera de lugar de todo, no solo del propio trajín de la vida. A él todo invento técnico que fuera más ala de un televisor en blanco y negro con baterías y un radio portátil, le parecía demasiado complejo. Tanto era así que prefería ir de vez en cuando al campo a visitar  a sus familiares antes que llamarles por teléfono porque no se acostumbraba a escuchar voces sin verles las caras y le traía a la memoria cuando de pequeño,  en el confesionario de la iglesia de su pueblo, le contaba al párroco sus faltas en total oscuridad y por mucho que lo intentara, le costaba imaginar la crea de susto que iba poniendo el cura según le iba relatando todos sus pecaditos.

Yo que también soy medio romanticona, quise rescatar algo de la sensiblería perdida y me puse muy ufano, a encontrar expresiones perdidas porque está claro que la época del viejito ya ha pasado y lo menos que le dicen a una por l calle es: “Mami que buen beeper para mandar un mensaje”. Y eso en los casos más finos, claro.

A las 10:45 de la mañana del fax de mi oficina salía una hoja con el sello de “urgente”. A pesar de la palabrita, me habían llegado tarde pero comprendí perfectamente los motivos.

Mi buen amigo Teófilo Barreiro, si ese mismo sociólogo que está en todas partes, lo tenía preparado desde el dio anterior (o por lo menos eso me dijo), lo que ocurrió era que con el último apagón de la tarde se extinguió la única manera de mandarlo rápidamente según los mandamientos de la técnica moderna (fax) y como había caído un aguacero para apuntarlo en el “record Guinnes”, y traérmelo en persona era correr una aventura a lo Indiana Jones pero sin tesoro, todo quedo para el día siguiente.

La pena es que según me decía Teófilo en su misiva, él había llegado en la etapa post-romántica del piropo, por lo que no  recordaba ninguno de los de antes (y en este país de lo que no se acuerde Teófilo Barreiro es como si no existiera).

Según él ahora los piropos se han segmentado en función de las profesiones ejercidas por los inspirados, y como ejemplo me dio este: “Si como caminas, cocinas, guárdame el concón”. Esta clarito que quien lo dice es un cocinero.

0 este otro “¡Qué buena esquina para poner un colmado!”, que lo debe decir algún dependiente de pulperías o negocios similares.

Para los que viven pendientes de la política, aquí va uno sin desperdicio: “Morena, aquí está tu Peña Gómez”, y los forofos del automovilismo pueden contar con éstos: ¡Diablos qué amortiguadores! o ¡Qué buena caja de bolas!

Ejemplos claros de la nueva “poesía” del amor.

Anochecía cuando el viejito salió en busca de su Constanza y de una escalera para subir al firmamento.

RUMBO. Año I, No 25. Julio 1994. Santo Domingo.

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