martes, 16 de marzo de 2021

NOTICIAS IMPÚDICAS / Pedro Delgado Malangón.

 



La Ciudad-Estado griega-la polis-se organiza en torno a la importancia del dialogo entre hombres. Las mujeres libres y honorables permanecen n l gineceo y solo dejan el hogar para asistir a un rito religioso, una diligencia personal o una festividad. La hembra está excluida de la vida cívica  e intelectual. La hembra está excluida de la vida cívica e intelectual. Hasta los papeles femeninos en el teatro son representados por hombres. Como no sea a vida pública, ninguna otra forma de existencia es importante a los ojos del hombre. La moral masculina es una deontología cívica, una ética ciudadana. La mujer obedece tan solo a la “ley de la forma”: la ley de la familia. El matrimonio se decide entre los padres y raras veces la novia está presente en la ceremonia de compromiso. En las orilla de la sociedad existen mujeres descocadas, pero son de escasa importancia las relaciones de los hombres con estos seres marginales.

Los filósofos teorizan acerca dela inferioridad femenina. Aristóteles define la mujer como un “macho invalido” que ha sufrid un accidente en el periodo de gestación. “El amor es un anhelo de engendrar en la belleza”, dice Platón. LA idea griega de “belleza” está cerca de lo que hoy entendemos por “perfección”. Así, el silogismo es evidente: solo el varón contiene la “perfección”; luego: únicamente el varón resulta digno de amor. De ahí que el “amor griego” de la época clásica sea un amor entre muchachos, o acaso entre adultos y adolescentes en la “edad divina”. Y  aunque el pueblo griego, en general, apreciaba la belleza femenina, los más eminentes ciudadanos no disimulaban su preferencia sexual hacia los varones. El sabio Solón, Sófocles, Alcibíades y, tal vez, Platón (pensemos que antes de condenar dicha práctica en las “Leyes”, su último libro), tienen relaciones íntimas con muchachos. Pericles era considerado un caprichoso, un raro, al preferir de Aspasia, su amante y confidente.

En la cima de la civilización griega, en la aristocracia, se consolida una homosexualidad de naturaleza cultural, ajena a cualquier tipo de trastorno fisiológico o emocional. Los hombres maduros se reúnen en el gimnasio (gymnos quiere decir desnudo) para mirra la “desnudez” deportiva de los atletas y, muchas veces, elegir compañero de habitación.

En tanto ideal amoroso, el amor entre varones se instala durante un periodo relativamente definido de la vida griega: quizá desde el siglo VII a. C. hasta alcanzar los decenios finales del siglo IV a. C., con mayor énfasis a lo largo del siglo V a.C. (El siglo de Pericles), después de las victorias de Maratón y Slamina. Hay pocas referencias a este hábito en Homero (siglo VIII a.C.), fuera de la amistad amorosa –erotike- desarrollada entre Patroclo y Aquiles. Ya en las décadas medias del siglo IV a.C., los grandes artistas aprecian con mayor ardor la belleza femenina. Praxíteles multiplica sus estatuas de Afrodita y, de igual modo, en la cerámica de esos años son más frecuentes el desnudo femenino y las escenas de familia. Dado que así surge y desaparece junto a ella, habría que entender el erotismo de la Grecia clásica a manera de fruto cultural de la polis.

La moral clásica griega es de acento ciudadano. “el principio espiritual de los griegos no es el individualismo, sino humanismo” señala Jaeger. También es humanista la idea griega del amor. Allí no hay mirada para el amor individual. Se ama el amor en tanto valor absoluto. Lo único valioso son las “las alas que el amor otorga al alma cuando  separa de la baja y fría sensualidad”. El dominio de Alejandro, la instauración de regímenes autoritarios y, al final, la dominación del imperio romano, fomentaran los valores de la vida privada, la familia y la mujer: su centro ineludible. La homosexualidad griega, entendida como ideal erótico aristocrático, prácticamente se extingue en el siglo III a.C.

Pero Aristóteles, el poderoso Estagirita, ha dicho que la mujer es un macho deteriorado-un mass occasionatum-, y hasta el siglo XIII  todos repiten y acatan esa frase conmovedora. Los corazones feudales están turbados de obediencia, o de pavor, ante lo divino. Tan solo el mundo heroico de los caballeros armados- el desafiante universo ceremonial de Amadis de Gaula y Tirant lo Blanc- será capaz de  burlar la ley aristotélica y plegarse a la pasión de “muchachas tan blancas que se ve pasar el vino por su garganta”.

Aristóteles desapareció hace ya veintitrés siglos y el tiempo ha desgastado sus palabras ultrajantes. Es obvio que el griego no conoció a Golda Meier, a Benazir Butto, o Rigoberta Menchu. El arbitrio femenino rige hoy en la fábrica, en el arte, en la oficina, en la política. Toda la mitología masculina del siglo XX oscila entre el dominio de la mujer sujeto y la papión por la mujer-objeto. Nos columpiamos de la sesera de Siomne de Beauvoir a las ancas inextinguibles de Marilyn, de la tirante energía de Mrs. Thatcher a la lascivia tersa de Madonna, de la impasible potestad de Hillary a los belfos turbadores de Julia Roberts.

Aristóteles erraba. La mujer no es un macho inconcluso o averiad. Quizás todo o contrario. De un modo u otro, Freud lo demostró. Hoy, claro está, el gran Pericles no pasaría por un atolondrado. En nuestro mundo ha germinado la semilla d su aspasia. Y nada, a decir verdad, se me ocurre como más placentero.

RUMBO. Año I, No. 23. Menesteres. 1994. Santo Domingo.

 

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