martes, 16 de marzo de 2021

CUARENTENA PARA LA INFLUENZA / Frank Moya Pons



La epidemia de la influenza que llegó al país en noviembre de 1918 produjo gran preocupación de las autoridades sanitarias. Tratando de prevenirla, el gobierno impuso una cuarentena terrestre y marítima entre Haití y la República Dominicana y prohibió el tráfico por la frontera a partir del día 12 de ese mes.

Esa cuarentena incluyó a los barcos procedentes de Barahona y Azua. Al arribar a otros puntos del país procedentes de esos puertos sureños, los barcos deberían mantenerse a 200 metros de la costa durante 7 días.

El día 28 de noviembre la cuarentena fue extendida a todos los buques provenientes del extranjero. Las autoridades fueron tajantes: “El medico de cuarentena no aceptara la manifestaciones de ninguna persona de abordo en cuanto a su estado de salud sino que practicara el examen personalmente”.

“En caso de que alguna persona abordo presente síntomas de influenza o gripe o neumonía, el buque será puesto en rigurosa cuarentena y nos e permitirá a ninguna persona abandonar el buque sino como se dispone en este reglamento”.

No obstante esas medidas, la epidemia se difundió rápidamente. Para evitar lo peor, el 14 de diciembre las autoridades sanitarias prohibieron las reuniones púbicas en teatros, casinos, clubes, centros de recreo y otros establecimientos análogos, en los cuales quedaron “suprimidos los bailes y todos los espectáculos y fiestas públicas”.

También fueron clausuradas todas las escuelas públicas y se prohibieron las reuniones y velorios en las casas de los fallecidos a causa de la influenza. “Los cadáveres de los fallecidos por influenza serán puestos en sus ataúdes inmediatamente y enterrados a la brevedad posible”.

Simultáneamente con esas medidas publicaron varios documentos conteniendo “consejos para vetar la influenza”, un “memorándum profesional” destinado a los médicos, y una “dirección general para el tratamiento de la influenza”.

Había clara conciencia entre los médicos de que la influenza era una forma de gripe asociada con los brotes anuales de gripe, incluyendo con la gran epidemia de 1889-90. Los médicos sin embargo, no sabían que el germen causante de la influenza era un virus y trataban de prevenirla con medidas destinadas a eliminar un bacilo llamado Influenze bacillus considerado erróneamente como responsable de la enfermedad.

Para entonces ya existía la aspirina y las autoridades recomendaron su uso para bajar las fiebres y calmarlos dolores. Este medicamento debía ser combinado con tratamientos tradicionales como los purgantes de Calomer, y el uso de enemas de bicarbonato de soda y agua de menta o de citrato de potasa y agua de menta.

La noción clínica más extendida era que la influenza de por si no mataba, a menos que la enfermedad degenerara en neumonía, y por ello se recomendaban gárgaras con una solución antiséptica de quinina o bicloruro de mercurio. Para la tos se recetaba tomar una solución de carbonato de amoniaco cada dos horas.

Conociendo que el germen se trasmitía por boca  nariz a las vías respiratorias, las autoridades sanitarias recomendaron el uso de mascarillas de gasa y tela de algodón para tratar o visitar a los enfermos. Mucha gente utilizaba las mascarillas para salir a la calle, y algunas personas rellenaban las suyas con cristales de alcanfor o dientes de ajo.

Es probable que las mascarillas hayan protegido a muchas personas, pero dado que el virus dela influenza es filtrable, algunas se contagiaron de todas maneras y la epidemia siguió avanzando.

Ante el avance de la epidemia, las autoridades extendieron el alcance de las medidas precautorias el 24 de diciembre de 1918 ratificando la cuarentena interprovincial, prohibiendo” todas las reuniones públicas de cualquier clase”, cerrando todas las iglesias “hasta segunda orden”, y anunciando que “todas las reuniones del pueblo en parques, calles y en cualquier otro sitio, serán dispersadas todo cuanto sea posible por las autoridades correspondientes”.

Con todo, la epidemia siguió su curso avanzando de pueblo en pueblo. A mediados de febrero, las enfermedades y las  muertes se concentraban en el Cibao Central. Entre los días 16 y 22 de ese mes, el poblado de Castillo tuvo 600 enfermos y 62 muertos, San Francisco de Macorís, 469 enfermos, Salcedo 96 enfermos y 19 muertos, y la Vega, 268 enfermos y 9 muertos. Más al oeste, ya en las montañas, Jánico tuvo durante esa misma semana564 enfermos y 7 muertos.

Casos de Influenza 6-22 febrero 1919

Ciudades

Casos

Muertes

Sto. Dgo.

1

 

Azua

137

 

San Juan

9

 

Bani

18

 

San Pedro

10

 

Seibo

3

 

Hato Mayor

35

1

Pimentel

35

 

Cotuí

25

7

Castillo

600

62

San Francisco

469

 

La Vega

268

9

Moca

64

 

Salcedo

96

19

Santiago

4

 

Jánico

564

27

Bajabonico

1

 

Montecristi

5

1

Sabaneta

5

 

 

RUMBO. Año 1No 29. La Historia tiene otra historia.1994 Santo Domingo.

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