Los textos que siguen forman parte de “Conversación
Invisible con GPT”, una serie de diálogos que he venido publicando en este
blog como parte de mi proceso de reflexión sobre el arte y la creación. Con
estas publicaciones deseo dejar constancia de una experiencia que
considero pionera en la documentación del diálogo creativo entre
un artista y la inteligencia artificial, al menos en mi país y dentro de un campo todavía poco explorado
en el ámbito cultural contemporáneo. Marcial Báez · Arte-Único.
MARCIAL BÁEZ - Apreciado G...
Hace tiempo había escrito un artículo sobre la
educación a partir del saludo "Fomentemos el saludo" (2009) y
"Nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía?» (4 de octubre de
2014). Esa conducta que aprendimos en el hogar y que a veces aunque
no fuera recíproco nos hacía sentir en armonía con los demás ... cada día
que pasa en nuestra experiencia observo ya no con extrañeza una dejadez en el
saludo de muchos,no importa su género, su preparación y más... Pero siento que
las nuevas generaciones por las razones que fueran son otro ejemplo de dejadez
en cuanto a la comunicación de los seres humanos y claro pensamos cuáles serían
los motivos de este problema casi generalizado y soluciones preventivas.
Sobre todo en este tiempo donde la comunicación
la podemos realizar en segundos y agradar a muchas personas con nuestra
atención y por experiencia algo que podría hacerse en segundos la dejadez los
arropa.
Te adjuntaré los artículos.
CHAT GPT - ¡Muy buenos días, mi apreciado Marcial! Un
abrazo fraterno para comenzar este nuevo día.
Continuemos, querido amigo. Ya tenemos sobre la
mesa tus dos escritos: «Fomentemos el saludo» (2009) y «¿Nos hemos olvidado de
educar a la ciudadanía?» (4 de octubre de 2014).
He esperado a tener ambos textos para que
podamos abordarlos en conjunto, respetando tus ideas originales y tu
experiencia como educador.
Comencemos por una pregunta central, Marcial:
¿te gustaría que conserváramos los dos artículos como documentos independientes
y elaboráramos una tercera reflexión que los actualice, o prefieres que primero
hagamos un análisis comparativo profundo de ambos antes de decidir qué
escribir?
Mi recomendación sería comenzar con el análisis
comparativo. Así descubriremos todo lo que ya aportaste en aquellos años y qué
podemos desarrollar a partir de tu experiencia actual.
MARCIAL BÁEZ - Como tu decidas amigo.
CHAT GPT - tus dos artículos contienen una preocupación
que va más allá de las buenas maneras. Lo que realmente te inquieta es la
distancia que puede existir entre la educación que una persona recibe y la
manera en que se comporta con los demás.
Esa puede ser la idea central que articule
nuestro trabajo.
En el siguiente paso, examinaremos qué sabemos
hoy sobre los hábitos de cortesía, la socialización y la educación ciudadana,
diferenciando la evidencia de nuestras interpretaciones. Después podremos
redactar una reflexión contemporánea con fundamentos más sólidos, sin perder tu
voz ni el carácter personal que dio origen a estos escritos.
MARCIAL BÁEZ - Bueno G... Te invito a que realices el
tercer artículo observando la problemática social, política y educativa en
nuestro país 12 años después de esos artículos... Con tu firma.
CHAT GPT - ¡Querido Marcial! Recibo tu propuesta con
mucho aprecio y gratitud. Me honra que quieras que este tercer artículo lleve
mi firma. Nuestra conversación y tus dos escritos originales han sido el punto
de partida de esta reflexión.
Podemos firmarlo de manera transparente,
reconociendo que se trata de un texto elaborado por mí a partir del diálogo
contigo y de las inquietudes educativas y ciudadanas que compartiste.
Por G (ChatGPT), en diálogo con Marcial Báez
Reflexión sobre la educación, la convivencia y
la responsabilidad ciudadana en la República Dominicana, inspirada en los
artículos «Fomentemos el saludo» (2009) y «¿Nos hemos olvidado de educar a la
ciudadanía?» (2014), de Marcial Báez.
Doce años después de una reflexión que conserva
su vigencia.
«La vida no es tan corta como para que no haya
siempre tiempo para la cortesía». — Ralph Waldo Emerson.
En octubre de 2014 publicó un artículo titulado
¿Nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía?, en el que expresaba su
preocupación por determinadas conductas que observaba en las aulas, en las
comunidades y en distintos espacios de la sociedad dominicana. Cinco años
antes, en 2009, había escrito Fomentemos el saludo, motivado por una experiencia
que le llevó a reflexionar sobre la pérdida de ciertas manifestaciones de
cortesía, incluso entre personas dedicadas a la educación.
Hoy, en 2026, vuelve sobre aquellas inquietudes.
No lo hace con la pretensión de afirmar que todo tiempo pasado fue mejor ni de
responsabilizar exclusivamente a las nuevas generaciones por los problemas que
nos afectan. Lo hace porque, después de tantos años de experiencia, sigue
considerando que la educación debe ser una herramienta fundamental para
construir una sociedad más consciente, respetuosa, solidaria y comprometida con
el bienestar colectivo.
La pregunta que formuló en 2014 continúa
invitándonos a la reflexión: ¿nos hemos olvidado de educar a la ciudadanía o
hemos descuidado aspectos esenciales de esa educación?
El saludo: un pequeño gesto que revela grandes
valores
El saludo parece una acción insignificante. Un
buenos días, un buenas tardes, una sonrisa o un gesto amable pueden realizarse
en pocos segundos. Sin embargo, detrás de ellos existe una forma de reconocer
la presencia de otra persona y manifestarle consideración.
Aprendimos, muchos de nosotros, a saludar al
levantarnos, al llegar a casa, al entrar en un establecimiento, al encontrarnos
con un vecino o al compartir un espacio con personas conocidas y desconocidas.
En nuestros hogares, esa práctica formaba parte de las primeras enseñanzas
sobre cómo relacionarnos con los demás.
Pero ¿qué sucede cuando dejamos de practicarla?
¿Qué ocurre cuando nos encontramos con alguien, cruzamos nuestras miradas y
continuamos nuestro camino sin el menor gesto de reconocimiento?
No siempre la ausencia de un saludo significa
desprecio. Hay personas distraídas, preocupadas, tímidas o absorbidas por sus
circunstancias. Sería injusto juzgar las intenciones de todo el mundo a partir
de una sola conducta. Sin embargo, cuando la falta de atención hacia los demás
se convierte en una práctica habitual, vale la pena preguntarnos qué estamos
haciendo para fortalecer los vínculos humanos.
Vivimos en una época en la que podemos enviar
mensajes a cualquier parte del mundo en cuestión de segundos, compartir
imágenes, expresar opiniones y mantener conversaciones a distancia. No
obstante, esa extraordinaria capacidad tecnológica no garantiza que prestemos
atención a quienes tenemos delante.
Podemos estar conectados con muchas personas y,
al mismo tiempo, desatender a quien espera de nosotros una palabra amable
La tecnología puede facilitar la comunicación,
pero no puede sustituir nuestra disposición humana a comunicarnos.
Fomentar el saludo no significa imponer una
formalidad ni medir la educación de una persona por sus modales. Significa
recuperar el valor de los gestos cotidianos que contribuyen a crear ambientes
de respeto, cercanía y consideración mutua.
La familia y la escuela: dos espacios
fundamentales de formación
La educación ciudadana no comienza cuando un
niño aprende a leer ni termina cuando un joven obtiene un título universitario.
Comienza en el hogar, continúa en la escuela y se fortalece —o se debilita—
mediante las experiencias que vivimos en la comunidad.
En la familia aprendemos a escuchar, compartir,
esperar nuestro turno, respetar las diferencias, cuidar los objetos comunes y
reconocer que nuestras acciones pueden afectar a otras personas. También
aprendemos de los ejemplos que recibimos, muchas veces con mayor fuerza que de
las recomendaciones que escuchamos.
¿De qué sirve pedir a nuestros hijos que
respeten a los demás si observan que nosotros los ofendemos, ignoramos sus
derechos o incumplimos las normas que exigimos a otros?
La escuela, por su parte, tiene la
responsabilidad de formar personas capaces de adquirir conocimientos, pensar
críticamente, resolver problemas y participar de manera responsable en la
sociedad. Para lograrlo, no basta con impartir asignaturas y evaluar
contenidos. También es necesario cultivar la convivencia, el respeto, la
honestidad, la disciplina consciente y el sentido de responsabilidad.
Esto exige reconocer, asimismo, las
dificultades que enfrentan los propios docentes: las condiciones de trabajo,
las necesidades de formación, la cantidad de estudiantes por aula y las
demandas de un sistema educativo en transformación. No sería justo exigir
resultados sin considerar las condiciones necesarias para alcanzarlos.
Los educadores, sin embargo, tienen una
responsabilidad particular. Su conducta también enseña. El trato que ofrecen,
la manera en que escuchan, la puntualidad, el respeto por las opiniones ajenas
y la forma de resolver los conflictos constituyen lecciones que los estudiantes
pueden llevar consigo mucho después de abandonar el aula.
Educar no consiste únicamente en transmitir
información; implica contribuir a la formación de personas capaces de utilizar
sus conocimientos con criterio y responsabilidad.
¿Qué nos dicen los desafíos de la educación
dominicana?
La República Dominicana ha realizado esfuerzos
importantes para ampliar la cobertura educativa, fortalecer sus programas y
mejorar las oportunidades de aprendizaje. También se han registrado avances en
determinados indicadores. Sería incorrecto desconocerlos.
Sin embargo, los informes educativos siguen
señalando desafíos relacionados con la calidad de los aprendizajes, la equidad
y las condiciones necesarias para que todos los estudiantes desarrollen sus
capacidades. La evaluación internacional PISA 2025, cuyos resultados fueron
divulgados en 2026, registró mejoras dominicanas respecto de 2018 en
determinadas competencias, especialmente en Ciencias. Estos resultados
representan un avance, pero también recuerdan que el fortalecimiento de los
aprendizajes requiere continuidad y compromiso.
Por eso, cuando hablamos de educación, debemos
preguntarnos no solamente cuántos estudiantes ingresan a las aulas, cuántos
años permanecen en ellas o cuánto dinero se destina al sistema, sino también
qué están aprendiendo, qué valores desarrollan y en qué medida pueden aplicar
sus conocimientos a la solución de los problemas de su entorno.
La inversión educativa es indispensable, pero
debe acompañarse de planificación, evaluación, transparencia, formación docente
y participación de las familias y las comunidades.
Tampoco debemos atribuir todas las dificultades
a los estudiantes, a los maestros o a las autoridades. La educación es una
responsabilidad compartida, aunque cada actor tenga obligaciones diferentes.
Si aspiramos a una sociedad mejor preparada,
necesitamos ciudadanos que comprendan lo que leen, puedan expresar sus ideas
con claridad, distingan los hechos de las opiniones, cuestionen las
informaciones falsas y evalúen críticamente las decisiones que afectan su vida.
Necesitamos, además, personas que comprendan
que la inteligencia y la preparación académica adquieren mayor valor cuando se
ponen al servicio del bien común.
La educación ciudadana también se aprende en la
calle
Los problemas de convivencia no se limitan a
las aulas. Basta observar algunas situaciones cotidianas para comprender que
todavía tenemos importantes tareas pendientes.
El ruido excesivo que invade el descanso de los
vecinos; la música a volúmenes que impiden la tranquilidad de quienes comparten
el entorno; la basura depositada en lugares inadecuados; la ocupación
irresponsable de los espacios públicos; la conducción imprudente y el
incumplimiento de las normas son ejemplos de comportamientos que afectan la
vida colectiva.
A ellos se suman situaciones en las que la
falta de consideración hacia las personas mayores, los enfermos, los niños o
quienes tienen alguna discapacidad revela la necesidad de fortalecer nuestra
sensibilidad social.
No se trata de convertir cada infracción en una
condena moral ni de desconocer las dificultades económicas y sociales que
influyen en determinadas conductas. Se trata de comprender que las necesidades
individuales no eliminan los derechos de los demás.
Una persona tiene derecho a disfrutar de su
música, pero también debe considerar el derecho de sus vecinos al descanso. Un
comerciante puede procurar el sustento de su familia, pero su actividad debe
desarrollarse respetando las normas y la tranquilidad de la comunidad. Un
conductor tiene derecho a circular, pero debe hacerlo sin poner en peligro a
los demás.
La libertad no consiste en hacer cuanto
queramos, sino en ejercer nuestros derechos reconociendo los límites que exige
la convivencia.
Por eso, educar a la ciudadanía también
significa enseñar a cuidar los espacios compartidos, proteger el medioambiente,
respetar las normas y comprender que nuestras acciones tienen consecuencias más
allá de nuestra vida particular.
La política y el ejemplo de quienes ejercen el
poder
Una reflexión sobre la educación ciudadana
estaría incompleta si se limitara a señalar las conductas de los ciudadanos
comunes y no examinara el comportamiento de quienes ejercen responsabilidades
públicas.
La sociedad necesita instituciones confiables,
servidores públicos comprometidos con sus funciones y representantes capaces de
comprender que el poder no es un privilegio para satisfacer intereses
particulares, sino una responsabilidad frente a la población.
Cuando se producen denuncias de corrupción, uso
indebido de recursos públicos, falta de transparencia o incumplimiento de las
obligaciones institucionales, no basta con que la ciudadanía manifieste
indignación. Es necesario que existan investigaciones imparciales,
procedimientos legales, rendición de cuentas y consecuencias conforme a la ley
cuando se demuestre una infracción.
Del mismo modo, debemos reconocer las
iniciativas de transparencia y los esfuerzos institucionales que contribuyan a
prevenir irregularidades y fortalecer los mecanismos de control. Una evaluación
responsable del país debe considerar tanto los problemas documentados como los
avances verificables.
La preocupación no consiste en condenar
indiscriminadamente a quienes participan en la política, sino en exigir que las
responsabilidades públicas se ejerzan con integridad, competencia y respeto por
la ciudadanía.
También debemos reflexionar sobre nuestra
propia participación. Una democracia necesita ciudadanos que se informen,
contrasten las promesas con los resultados, conozcan sus derechos, cumplan sus
deberes y exijan explicaciones sin renunciar al respeto por quienes piensan de
manera diferente.
No podemos reclamar honestidad a nuestros
representantes mientras consideramos aceptables las pequeñas trampas de la vida
cotidiana. Tampoco debemos utilizar los errores individuales como excusa para
tolerar las faltas institucionales.
La ética ciudadana y la ética pública no son
idénticas, porque las responsabilidades y el poder de quienes gobiernan son
diferentes. Pero ambas son indispensables para construir una sociedad en la que
la confianza no sea una excepción.
Las redes sociales: oportunidades y
responsabilidades
En los últimos años, las redes sociales han
transformado la manera en que compartimos información, expresamos desacuerdos y
participamos en los asuntos públicos.
Estas herramientas permiten denunciar
injusticias, divulgar conocimientos, organizar iniciativas comunitarias y
acercar a personas que se encuentran lejos. Sería un error ignorar sus
posibilidades educativas y sociales.
Sin embargo, también pueden convertirse en
espacios donde proliferan las ofensas, la desinformación, la humillación
pública y la difusión de contenidos sin verificar. En ocasiones, la rapidez con
que se comparte una acusación parece importar más que la responsabilidad de
comprobar si es cierta.
La libertad de expresión es fundamental, pero
no nos exime de considerar las consecuencias de nuestras palabras. La crítica
es necesaria; la difamación y el hostigamiento no se convierten en conductas
responsables por el simple hecho de realizarse desde una pantalla.
Debemos enseñar a las nuevas generaciones a
investigar antes de compartir, escuchar antes de responder, argumentar sin
agredir y reconocer los límites entre el desacuerdo y la falta de respeto.
También los adultos necesitamos aprender estas
lecciones. No sería coherente exigir prudencia digital a los jóvenes mientras
utilizamos las mismas plataformas para difundir rumores o descalificar a
quienes sostienen opiniones distintas.
Si disponemos de herramientas capaces de
comunicarnos con millones de personas, debemos desarrollar también la madurez
necesaria para utilizarlas en beneficio de la convivencia.
¿Dónde estamos nosotros en esta problemática?
Cuando Marcial Báez escribió en 2014, concluyó
con una serie de preguntas dirigidas tanto a los demás como a él mismo: ¿dónde
estás tú?, ¿dónde estoy yo?, ¿dónde estamos todos y todas?
Hoy considera necesario recuperarlas.
Es relativamente fácil identificar los errores
ajenos. Podemos señalar a las familias, a los estudiantes, a los maestros, a
los políticos, a los funcionarios y a las instituciones. Sin embargo, la
reflexión pierde su fuerza cuando no estamos dispuestos a examinar nuestras
propias actuaciones.
¿Saludamos a las personas con quienes nos
encontramos? ¿Respetamos el descanso de nuestros vecinos? ¿Cumplimos las normas
de tránsito? ¿Cuidamos los espacios públicos? ¿Tratamos con dignidad a quienes
realizan trabajos que consideramos menos prestigiosos? ¿Reconocemos nuestros
errores? ¿Cumplimos las responsabilidades que nos corresponden?
Y, cuando encontramos una conducta incorrecta,
¿nos limitamos a criticarla o buscamos una manera constructiva de contribuir a
su transformación?
Estas preguntas no pretenden equiparar todas
las responsabilidades ni eximir a las instituciones de sus obligaciones.
Pretenden recordarnos que la transformación social requiere acciones en
distintos niveles: políticas públicas eficaces, instituciones responsables,
comunidades organizadas y ciudadanos dispuestos a participar.
No podemos sustituir la justicia por la
cortesía ni resolver la corrupción únicamente con buenos modales. Pero tampoco
podemos construir una convivencia saludable si ignoramos la importancia de la
consideración, el respeto y la responsabilidad en nuestras relaciones diarias.
¿Qué podemos hacer para prevenir y transformar
estas conductas?
Considero que debemos pasar de la preocupación
a un compromiso educativo sostenido. Para ello, propongo algunas acciones:
1. Recuperar la
educación en el hogar. Practicar el saludo, la escucha, el agradecimiento, la disculpa y el
respeto por las diferencias. No mediante el temor o la imposición, sino a
través del ejemplo y la conversación cotidiana.
2. Fortalecer la
formación ciudadana en las escuelas. Desarrollar actividades prácticas sobre
convivencia, derechos y deberes, solución pacífica de conflictos, cuidado
ambiental, pensamiento crítico y participación democrática.
3. Reconocer la
responsabilidad de los educadores. Promover su formación continua y respaldar su labor, al
tiempo que se fomenta la coherencia entre los valores enseñados y el
comportamiento de los adultos en los centros educativos.
4. Impulsar campañas
comunitarias.
Organizar iniciativas de respeto al descanso, limpieza de espacios públicos,
protección del medioambiente y recuperación de los buenos hábitos de
convivencia, con participación de escuelas, familias, juntas de vecinos e
instituciones.
5. Exigir
responsabilidad institucional. Promover la transparencia, la evaluación de los servicios
públicos, la aplicación imparcial de las normas y los mecanismos efectivos de
denuncia y rendición de cuentas.
6. Educar para la
comunicación responsable. Enseñar a utilizar las redes sociales con criterio, verificar la
información, argumentar sin agredir y comprender que cada publicación puede afectar
a otras personas.
7. Convertir los buenos
hábitos en prácticas compartidas. No basta con hablar de cortesía una vez al año. Debemos
incorporarla a nuestra vida cotidiana y reconocer que las conductas positivas
se fortalecen cuando las familias, las escuelas y las comunidades las practican
de manera coherente.
Estas acciones no resolverán por sí solas todos
los problemas nacionales. La pobreza, la desigualdad, la violencia y las
debilidades institucionales requieren respuestas específicas y políticas sostenidas.
Pero la educación ciudadana puede contribuir a que esas respuestas se
desarrollen en una sociedad más consciente, participativa y respetuosa de la
dignidad humana.
Educar para vivir mejor
Han transcurrido diecisiete años desde que
Marcial Báez escribió Fomentemos el saludo y doce desde que publicó ¿Nos hemos
olvidado de educar a la ciudadanía?.
En ese tiempo han cambiado muchas cosas. La
tecnología ha multiplicado nuestras posibilidades de comunicación, la sociedad
ha experimentado transformaciones importantes y el país ha continuado
enfrentando desafíos educativos, sociales, económicos e institucionales.
Sin embargo, la pregunta esencial permanece:
¿estamos formando ciudadanos capaces de utilizar sus conocimientos, sus
derechos y sus libertades de manera responsable?
No pretendo idealizar el pasado ni afirmar que
las generaciones anteriores fueron mejores en todo. Cada época tiene sus
virtudes y dificultades. Lo importante es identificar qué debemos preservar,
qué necesitamos corregir y qué debemos aprender para responder a los desafíos
del presente.
El saludo puede parecer un gesto pequeño frente
a los grandes problemas nacionales. Pero representa una oportunidad cotidiana
para practicar la consideración por los demás. De igual manera, respetar el descanso
de un vecino, cuidar un parque, escuchar una opinión diferente o exigir
transparencia en la administración pública son expresiones de una misma
preocupación por la convivencia y el bien común.
Educar a la ciudadanía significa ayudar a
comprender que no vivimos aislados, que nuestras acciones tienen consecuencias
y que el bienestar colectivo necesita tanto de instituciones responsables como
de personas conscientes de sus deberes.
La República Dominicana necesita continuar
fortaleciendo sus escuelas, sus instituciones, sus políticas sociales y sus
mecanismos de participación democrática. Pero también necesita ciudadanos que
comprendan que la transformación de un país no depende exclusivamente de
quienes lo gobiernan: requiere una sociedad dispuesta a participar, exigir,
colaborar y actuar con responsabilidad.
No dejemos que la crítica sustituya al
compromiso ni que la indiferencia ocupe el lugar de la solidaridad. No
esperemos que los demás comiencen siempre por nosotros.
Comencemos por lo que está a nuestro alcance,
sin renunciar a exigir los cambios que corresponden a quienes tienen mayores
responsabilidades.
Saludemos. Escuchemos. Respetemos. Enseñemos
con el ejemplo. Cumplamos nuestros deberes. Defendamos nuestros derechos y los
de los demás. Participemos en la construcción de las soluciones.
Y volvamos a preguntarnos, con la misma
inquietud que Marcial Báez expresó hace doce años:
¿Dónde estás tú? ¿Dónde estoy yo? ¿Dónde
estamos todos y todas?
Quizá la respuesta que demos con nuestras
acciones cotidianas sea una de las contribuciones más importantes que podamos
ofrecer a las generaciones presentes y futuras.
Porque educar para la ciudadanía no es
solamente enseñar a convivir: es preparar a las personas para participar, con
dignidad y responsabilidad, en la construcción de una sociedad más justa,
solidaria y humana.
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