domingo, 28 de marzo de 2021

LA POSICION EDITORIAL. Meg Greenfield.

 



Hasta el verano pasado, cuando lo leí en un libro, no tenía idea de que Mussolini invirtió buena parte de su tiempo escribiendo editoriales, entre 1941, cuando fue expulsado del partido socialista, y 1922, cuando tomo el poder en Italia. Al reflexionar sobre esto, llegue a la conclusión de que no tiene nada de sorprendente. Hay un pequeño Mussolini en cada redactor de editorial. No un Hitler, ni un Stalin, ni un Pinochet, ni un Idi Amín, pero lamentablemente si un Mussolini. Pomposo, entrometido, pretencioso; un personaje gracioso para todos, menos para él mismo, confía en forma franca y desmedida en la pelea, imparte ordenes grandilocuentes que no surten absolutamente ningún efecto. Diremos a coro: “resulta anacrónico que los hombres de buena voluntad resuelvan sus diferencias en esta forma tan irritante y tan poco conciliadora, frente a lo cual, un desagradecido país responderá: “¡Ya basta!”.

Lo llamaremos “mussolinismo”, y constituye el componente azaroso de los editorialistas. Por supuesto, no tiene nada que ver con sus personas, pero tiene absolutamente que ver con su opinión personal.

La mayoría de las veces es más difícil expresar la posición editorial, al menos si los editorialistas son honestos con respecto a los temas planteados. Pienso que, con frecuencia, el redactor deberá referirse a algún hecho especifico de las noticias, y deberá manejar su propia escala de valores, además de algunas presiones, para realizar la elección y estos son los editoriales arduos e interesantes, ya que, si son buenos, reflejarán las discusiones que conducen a la conclusión del editorial, asi como deberán demostrar por qué esas razones tienen más peso que otras.

En el The Post, utilizamos varios caminos para llegar a la toma de posición. La mayoría de las mañanas tenemos una reunión editorial, que puede ser ágil o densa, productiva o estéril, según la disposición de los que participamos o los hechos que tratemos.

Algunos temas son obvios: encabezan las noticias, son de interés general, involucran una serie de problemas no resueltos, etc. Son tan claramente patrimonio de un editorial, que el hecho de no incluirlos constituiría, de por sí, un comentario editorial.

El hecho es que, a pesar de todos los rumores que sugieren lo contrario, la mayoría de los escritores de editoriales son realmente personas, y,  en tanto tales, tendrán prejuicios y preferencias: si su tigre hace algo, pensarán que es una buena cosa, pero si es otro el tigre… bueno, entonces es distinto.

Me parece que debemos tener esto en cuenta y además debe preocuparnos, ya que un editorial debería asumir posiciones que se mantengan fieles a principios básicos, y no a los programas o actividades- cualesquiera que sean-de quienes son considerados amigos políticos.

Opino que una página editorial, que en la mayoría de los casos se hace a partir de tres o cuatro juicios de valor, debe ganar aceptación al asumir posiciones y hacer recomendaciones que surjan de planteos hechos día  a día y que estén dentro de los marcos de las posibilidades reales y el sentido político. Pero a los editorialistas no se les paga como para pretender que sean ministros o para demostrar cómo se desempeñarían si estuvieran llevando a término alguna negociación. Así, de vez en cuando, si son realmente buenos reconocerán problemas y asuntos de interés público que requieren un poco de visión, un poco de firmeza y un poco de que-diablos-me importa-cuales-sean-los-obstáculos-es-bueno-que-se-hagas-ahora.

En otras palabras, las reuniones editoriales, s son provechosas, contribuirán a que las posiciones de la página editorial son honestas, consecuentes y abiertas a la crítica o a los eventuales cambios. Asimismo, impedirán que los editorialistas se tomen demasiado en serio a sí mismos o se den ínfulas de sabihondos. En síntesis, evitaran que los redactores se sientan un “Mussolini”. Dada la gran cantidad de riesgos y tentaciones que tiene nuestro oficio, esto ya es bastante.

LA PAGINA EDITORIAL / The Washington Post. 1978. Pág. #39.

 

 

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