Que se engaña mucho al
creer que un hombre de valor tome en cuenta los peligros de la vida o de la
muerte. Lo único que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace
es justo o injusto, si es acción de un hombre de bien o de un malvado.
Porque temer la muerte,
atenienses, no es otra cosa que creerse sin serlo y creer conocer lo que no
sabe. En efecto, nadie conoce la muerte sin saber si es el mayor de los bienes
para el hombre. Sin embargo, se la teme,
como si supiese con certeza que es el mayor de todos lo males. ¡Ah! ¿No es una
ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que no se conoce?
Como no te avergüenzas
de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir créditos y
honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría y de no
trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?
Antes que el cuidado
del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma
y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene
de las riquezas vienen de la virtud y que es de aquí de donde nacen todos los
demás bienes públicos y particulares.
Hoy no sé qué de sobrehumano
en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por
consagrarme a los vuestros, dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular,
como un padre a un hermano mayor puede hacerlo
y exhortándolos sin cesar a que practiquéis la virtud.
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