viernes, 11 de abril de 2014

LAS ESTATUAS DERRIBADAS (Novela sobre la vida de Julia de Burgos) / DIOGENES VALDEZ


Las estatuas derribadas intenta ser un amplio retrato de la notable poetisa puertorriqueña Julia de Burgos. Ella es la gran trágica de nuestro tiempo y su vida constituye el más dramático de los testimonios. En la, a fuerza de coraje y sufrimiento supo conquistar un pedestal y colocarse por encima de sus contemporáneos, aunque en su momento no reconociera el valor de su poesía.
En el año en que se cumple un centenario de su nacimiento (17-2-14), su figura ocupa el más alto sitial literario en su infortunada patria. La presente novela quiere ser la historia de su tiempo, con sus héroes y sus verdugos y por tal razón desfilan por ella los personajes más relevantes de esta América Indohispana: Neruda, Lezama Lima, Raúl Roa, Juan Bosch, lino Novas Calvo, Juan Isidro Jiménez Grullón, julio González herrera, Eduardo Brito, así como figuras de otras latitudes continentales, verbigracia: Ernest Hemingway y Federico García Lorca.
Las estatuas derribadas aspira reflejar todas las luchas de Julia de Burgos, porque si algo hay que reconocer, es que ella fue una combatiente a tiempo completo. La independencia de su patria le consumió un espacio temporal que pudo dedicárselo a la poesía, pero entre sus prioridades siempre estuvo la libertad de su angustiado terruño, reflejo de todas las luchas que se llevaban a cabo en un continente que nunca fue  el de la esperanza y que, en determinado momento se encontraba dentro de las garras de la mas variopinta gama de dictadores.
Y dentro de esta fauna de asesinos, la figura de Trujillo ocupaba el lugar más destacado, por eso este sanguinario espécimen no podía estar ausente de esa galería de infames que Julia de Burgos aborrecía.

Nadie supo corresponder a Julia de Burgos, en la misma medida en que ella se entregó, sobre todo a las causas del Amor. De estas pinceladas sobre sui vida, no podía faltar el gran cataclismo que fue la II Guerra Mundial. Franco, Mussolini y Hitler, también tienen un espacio dentro de la galería de infames. En fin, al narrar los mas tristes y notables momentos de esa gran mujer que fue Julia de Burgos, el autor aspira contar con la benevolencia de los lectores, para que la figura de este ser incomparable, afinque sus raíces dentro de nuestros corazones.

Diógenes Valdez. 29 de mayo 1941. Ha sido galardonado en tres ocasiones con el Premio Anual de Cuentos, José Ramón López:(El silencio del caracol, 1978; Todo puede suceder un día, 1982; y La pinacoteca de un burgués, 1992).En 1983, obtuvo el Premio Siboney de Literatura en el género novela, con Los tiempos revocables. Otros de sus libros son: La telaraña (novela 1980), Lucinda Palmares (novela, 1981), Retrato de dinosaurios en la Era de Trujillo (novela 1997) y el libro de ensayos Del imperio del caos al reino de la Palabra (1986). En 2005 le fue concebido el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de sus obras.

CUENTO
El silencio del caracol.
Todo puede suceder un día.
La pinacoteca de un burgués.
Motivos para aborrecer a Picasso.
Acta est fabulas.
Cuentos escogidos.
Todo puede suceder un día.

NOVELA
La telaraña.
Lucinda Palmares.
Los tiempos revocables.
Retratos de dinosaurios en la Era de Trujillo.
La noche de Jonsok: un antes.
Huellas en la arena mojada.
Raknarok: Final.
El hipocampo y el iceberg: otro después.
Las flores del hielo: un paréntesis.
El cisne enfermo.

LITERATURA INFANTIL
Historia de un muñeco que quería ser niño.

ENSAYO
Del imperio del caos al reino de la palabra.
El arte de escribir cuentos
Cuatro aspectos sobre la literatura de Juan Bosch.
Cómo se escribe una novela.

UNO ( Fragmento)

-¿Qué perfume usas?-pregunto el hombre. Mientras sus adormecidos ojos se encerraban involuntariamente dentro de una cárcel de ilusiones y aspiraba con delectación, un delicioso aroma que se desprendía del cuello de la mujer acurrucada a su lado.
Julia lo miró semisonreída, como si la pregunta hubiese sido hecha a otra persona.
-¿Me preguntas a mí?- inquirió.
-¡Claro!... –respondió el hombre. Si dejar de mirarla-.¿Quién más está conmigo?
-No llevo ningún perfume respondió ella y una amplia sonrisa le iluminaba el rostro y lo llenaba de arreboles-. Es que estoy enamorada y huelo a primavera…
La respuesta había dejado a aquel hombre sin palabras, a todas luces pareció sorprendido, porque evidentemente desconocía  que aquella  larga metáfora correspondía a un verso que Julia de Burgos había acomodado a sus propios intereses. Desde hacia tiempo aquella sentencia había llamado su atención y ella, simplemente, decidió apropiársela. Eso no era un robo, ni plagio, ni nada parecido; sólo una travesura: como cuando alguien ve una hermosa rosa en un jardín ajeno y decide tomarla, sólo para admirarla. La dueña de aquella rosa y de aquel vero era l inmensa uruguaya Juana de Ibarbourou, tan querida y admirada en sus más recónditos afectos por toda América de habla hispana, tan vapuleada a veces por sus propios coetáneos. Porque así como era de enigmática y grandiosa, la poeta de la otra orilla del plata, era una mujer controversial llena de caprichos. Ya en la medianía de su existencia, aquella sólo recibía visitas después de la seis de la tarde-las horas de las penumbras- y con esa actitud hacia poco visibles los estragos que el tiempo iba causando en su rostro.
Julia de Burgos no pudo evitar verse envuelta en la sábana gris de los recuerdos y, aunque no estaba muy segura de haber citado textualmente  ala uruguaya, la rase pronunciada era la quintaesencia de un poema recuperado desde el fondo de de su memoria, haciendo que este perfume se desprendían de su largo cuello.
Aquel hombre había conocido a Julia en la hermosa capital puertorriqueña, donde debía pronunciar una conferencia. Ahora, el vivía en La Habana, ciudad donde se había refugiado, huyendo de la larga y ensangrentada mano de Trujillo.
En su país había estado preso en la misma antesala del inferno. En una cárcel muy especial, porque en ella los enemigos políticos del régimen estaban mezclados con quienes habían perdido la razón, ya que el dictador creía que la locura era una enfermedad contagiosa, transmisible a quienes adversaran su peculiar forma de gobernar, el lugar se llamaba Nigua, geográficamente ubicado en la región sur, muy próximo al Mar Caribe. Oponerse a Trujillo era una insensatez y el joven aristócrata se había atrevido demasiado. Los dominicanos eran así, un tanto irreflexivos y excesivamente apasionados cuando deciden transitar por los senderos de la política. El no podía menos que conspirar contra el tirano, porque el virus de la política lo llevaba en la sangre. Su abuelo habías sido presidente de la republica y si la suerte no lo desampara, él también podía vislumbrar el día encima del horizonte, en el que habría de ocupar el más alto sitial en esa infeliz nación donde había nacido.
Él le había contado a Julia un montón de veces, el sufrimiento pasado en aquella ergástula; en algún momento de su vida iba a escribir un libro acerca de esa triste experiencia y más que la propia, contraria a la de los otros prisioneros, de esa manera el mundo concernía la desgracia de cientos de infelices, que se pudrían en vida sufriendo las torturas más abyectas, solo por no estar de acuerdo con la voluntad de un hombre que imponía sus designios, equivocados o no, por encima de la voluntad de sus compatriotas. A veces bastaba un simple comentario en apariencias inocente, contrario a la situación imperante, para dar con sus huesos en la cárcel, porque en un gobierno encabezado por el jefe, todo debía funcionar de manera perfecta; y quien opinara lo contrario estaba mal de la cabeza y era necesario por tanto, recluirlo en el manicomio de Nigua.
Nigua era la peor de las pesadillas, sin embargo, no todos los allí recluidos estaban enfermos de la mente ni eran enemigos de Trujillo. Allí habían locos de verdad, pero algunos, como Julio González Herrera, habían sido internados por sus familias para alejarlos de algún vicio, como el alcohol. Aquella era una terapia cruel e inexplicable. González herrera en cierta medida era un loco genial, y en sus momentos de lucidez se dedicaba a la literatura. Ya había hecho algunos atisbos dentro de ese arte y se encontraba enfrascado en la elaboración de un texto donde contemplaba sus experiencias en Nigua. Todos conocían aquel proyecto, porque su autor lo había pregonado por los cuatro puntos cardinales. Tentativamente, el libro debía llamarse “Trementina, Clerén y Bongó”.
Dentro de aquella cárcel atípica, ese hombre conoció además de González Herrera, a personajes como Eduardo Brito, un barítono que en sus tiempos de gloria había paseado su voz por los escenarios más exigentes de Europa, quien había cantado ante reyes y príncipes, conquistado a las mujeres mas bellas. Ahora, en el ocaso de la vida, perdida la razón, tal vez definitivamente, se encontraba aquí retenido por el resto de sus días, aunque nadie podía asegurar que un día cualquiera la razón volviese a su memoria y con ella regresaran sus destellos de gloria.
En este instante, aquel hombre de aspecto refinado recuerda a Brito en aquellas tardes incandescentes, cantándole a las reclusas, a quienes confundía en ocasiones con una Dulcinea de toboso terrenal,  y en otras, con la misma Beatriz, la musa idolatrada del divino Dante. Pero entre todas ellas, existía una en particular, cuya turbadora belleza trastornaba aún más su mente.
Este hombre (ya libre y lejos de su patria), sabe que aquel cantante murió, porque lo vio en los periódicos. Lo imagina en el cielo y asume que se encuentra solo y triste, porque allá arriba no existen ángeles que muevan sus alitas en señal de alegría, cuando terminan de escuchar una romanza en la hermosura de su voz. Brito era un ser excepcional, merecedor de la existencia de dios que pudiera consolarlo, pero pedir aquello, era aferrarse a otro imposible.
-¡Ah-suspira-, la vida no es más que una noria!
El se siente otro Quijote, o tal vez peor, porque no tiene a su lado ni a Sancho ni a Babieca. Ahora esta recordando una adolescencia llena de placeres. Su existencia ha dado vueltas como si fuese una ruleta. Su transcurrir por este mundo ha sido una especie de lotería de Babilonia, donde la mayoría de los premios son una carga de lamentos y pesares. Nadie podía haber predicho que, habiéndose graduado en la más prestigiosa de todas las universidades europeas, iba a convertirse en un peregrino, dando hoy una conferencia aquí y mañana otra allá, para ganarse unos pesos con los cuales subsistir, pero la mayor culpa de su desgracia era suya, pues había renunciado a ejercer la medicina, porque desde siempre supo que esa profesión no le atraía y, si hizo la carrera fue para complacer a su familia, especialmente a su madre, una mujer tan creyente que pensaba, que ser medico era una forma de acumular bendiciones. De súbito, en el rostro del hombre se nota una enorme tristeza y se le ha borrado el contorno de las cosas…, pero ¿Por qué le ha surgido ahora este nudo en la garganta?
Julia de Burgos advierte que su hombre ya no es el mismo de antes. Lo acaricia en la barbilla, y luego dice:
-¿Te sucede algo?...
-Nada- responde el.
-El rostro se te ha transfigurado.
-Ya se me pasara- vuelve a responder, con un tono de voz pretendidamente dulce y cariñoso-. Simplemente estaba recordando algunas cosas tristes del pasado.


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